A CADA QUIEN LO QUE LE CORRESPONDA
escrito por Luis Peña rebaza La imposición de la cultura española sobre los pueblos aborígenes americanos, significó la inmediata sujeción a sus leyes y normas, en el marco de un nuevo ordenamiento político, administrativo y jurídico que los peninsulares trajeron de afuera e impusieron desde arriba. Naturalmente, al no ver recogidos y representados sus intereses y expectativas individuales y comunales en aquellos gruesos y amarillentos legajos, el poblador autóctono sintió muy extraña y ajena dicha normatividad legal.
En consecuencia, “la
ley se acata pero no se cumple” y “hecha la ley
hecha la trampa”, frases comunes escuchadas durante la colonia, eran el pan del día. Paradójicamente, la república ya dominada por los ambiciosos y tramposos criollos, agravó en demasía la critica situación, a tal punto que Manuel Gonzales Prada, tuvo la valentía y audacia de exclamar a fines del siglo XIX, en pleno dominio absoluto de la inefable “república aristocrática”, que “el Perú es un organismo enfermo, donde se coloca el dedo salta la pus”.
Nos obstante panorama tan sombrío y como una forma de resistencia, el mundo andino mantuvo en mayor o menor medida en algunas zonas, especialmente en el centro y sur quechua y aymara, ciertas
normas de convivencia social. El ama quella, no seas ocioso, el ama llulla, no seas mentiroso y el ama sua, no seas ladrón, que fueron en la época incaica los tres principios supremos que regían la vida de la comunidad. Asimismo, en Abancay, un departamento del sur, perduraron hasta no hace mucho tiempo, curiosas formas de hacer cumplir y respetar la ley entre los miembros de su colectivo social.
Cuando una persona de manera reiterada cometía daños y perjuicios a los moradores, se le aplicaba el Jitarishum, la despreciable y vergonzosa expulsión de la comunidad y, pagando su afrenta, el pecador debería irse dejando, tierras, animales y enseres. Este hecho le significaba la muerte civil al condenado, sumirse en el ostracismo y olvido. Ahora, sí para su desventura reincidía en el delito, se le aplicaba el ushanan jampi, es decir la muerte física, en
cumplimiento de la
justicia aplicada por los yayas, los comuneros más ancianos, quienes ejercían la autoridad en la zona.
Tales preceptos y costumbres ancestrales, parecen hacer harta falta a la
sociedad peruana, que en los últimos años se vio sacudida desde sus cimientos, a raíz de escandalosas denuncias de corrupción y cinismo, que colocaron al país en el ojo de la tormenta a nivel mundial. En particular, pienso que estas normas deberían inculcarse a los encargados de administrar justicia en mi país, al Poder Judicial y a los jueces. Aquellos sujetos que causando mayúsculo asombro a los televidentes nacionales y peor aún al mundo entero, empezaron a aparecer en los tristemente famosos "vladivideos", acomodando y cambiando sus fallos frente a una ruma de los verdes y seductores billetes, ofrecidos por el mefistofélico asesor presidencial Valdimiro Montesinos. A esos jueces, por desgracia, siempre arrimados al poder y los políticos de turno, viviendo a costillas de los más humildes y, de los cuales el escritor costumbrista Abelardo Gamarra, en la figura del abogado Juan Pichón, decía que partió a su judicatura, como pudiera partir una langosta de campo árido a los floridos sembrados de una tierra de promisión.
En verdad que en un país mal llamado tercermundista, es tarea harto complicada plantear propuestas que se orienten a mejorar la administración de justicia, en estos lares donde según otra de las memorables frases del maestro Manuel González Prada, vertidas hace mas de cien años, “el juez, el corregidor y el cura, son la trinidad embrutecedora del indio”.
Con sinceridad es triste decirlo, de esa antigua y cruda realidad, hasta los tiempos actuales no ha cambiado mucho el oscuro paisaje. De manera pesimista o realista, dependiendo del cristal con que se mire y el ánimo que se exprese, muchos dicen que actualmente no es necesario poner el dedo en la llaga en vista que la pus salta por sí sola. Pero, también es justo reconocer, que los múltiples casos de corrupción en la administración de justicia, suceden porque los ciudadanos lo permitimos, porque a sabiendas de que estamos sacándole la vuelta a la ley, nos prestamos a tales vergüenzas y entuertos.
Bajo esta despiadada y sincera premisa, creo que la solución no vendrá de tibias y timoratas reformas del sistema judicial y/o actualizaciones de los correspondientes códigos, con el establecimiento de penas más drásticas y draconianas, sino porque en la apremiante tarea propuesta que debe ser asumida como una política de Estado y no de gobierno, en donde el rol del la educación será preponderante, las generaciones presentes y en especial las futuras, entiendan cabalmente la dimensión y alcance de sus derechos y exijan su responsable cumplimiento; pero a su vez urge que conozcan y cumplan fielmente sus deberes, aquellos que les demanda el hecho de vivir en una sociedad civilizada, donde al margen de la posición que coyunturalmente ocupan, todos sus miembros contribuyan a hacerla más justa, solidaria y humana. Ese es uno de los desafíos mayores que tiene ante sí la sociedad peruana.
Autor de los libros: "Peregrinación de la Palabra", 2003; "Atardecer de la Tierra", 2004.
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