Viaje a la luna.
Fue antes de que punteara el alba que me subí a mí corcel fiel para galopar con él hacia allí arriba,
hacia la luna;
entonces comenzó así esta, “mi leyenda”.
Nuestro ascenso comenzó suave por unos cielos de fosforescente añil, no había ninguna prisa porque sabíamos que ella nos estaría esperando allí,
Con su circulo mitad plata, mitad marfil.
Entre todos los astros podíamos distinguir el reconocido atajo que dibujaban los centenares de luceros color oro, pero preferimos no cruzarlo para a dentarnos por otro sendero que haría nuestro viaje más extenso y a su vez más fantástico y emocionante. Los planetas parecían emitir sonidos de arpa cada vez más intensos a medida que nos acercábamos y cruzábamos por entre alguno de ellos.
El infinito es un mundo aparte y pavoroso que muy pocas gentes conocen y así como mi corcel y yo íbamos hacia él, sentíamos la gloria de que al mismo
tiempo el venía hacia nosotros.
El viento entonces a medida que ascendíamos más y más, cambiaba y hasta tomaba forma, nos acompañaban por alrededor miles de manos invisibles pero que se sentían en el roce de tal viento transformado. Aire fresco, miles de luces, maravillosas sombras, todo se congeniaba en perfecta y sabia armonía. Allá atrás, ahí abajo quedaban las noches y los días...nosotros cruzábamos un paraíso demasiado inmenso sin importarnos nada más sólo adentrarnos en él para anclar en la luna.
Así continuó nuestro recorrido, esa fantástica maravilla que duró un tiempo
(tiempo del cual no sabría decir con exactitud si fue poco ó mucho ya que no existía nada que lo marcara en el espacio).
Luego llegamos al punto donde el universo cambia; atravesamos una puerta de anillos invisibles y ahí entonces todo es de otra velocidad, se acelera el pasaje y los movimientos. La luna cada vez más cerca, cada vez más próxima, casi, casi cada vez más nuestra. Mi corcel, radiante, feliz, adoptó un brillo de negro azabache de la misma manera también brillaba a pleno con el iris de los siete colores del arco mi sonrisa. ¡ Estábamos llegando al fin! Hasta que al fin llegamos. El anclar en ella fue en cámara lenta; nos había estado esperando y nos recibió con su mejor faz. Ya estando en su adentro, el tiempo se detuvo y viendo todo desde ahí arriba no cabía la posibilidad, ( creíamos) de poder volver, de querer volver otra vez a ese mundo que nos había quedado tan lejos, tan atrás. Es que no encontrábamos motivos ni causas para hacerlo, aquí era todo muy distinto de aquello otro.
Y entonces, no volvimos más. Nos quedamos aferrados los tres, la luna mi caballo y yo, como un cuarzo compacto e irrompible, a modo de cómplices nos quedamos, hablando con otro idioma, viviendo con otras maneras.
Allí tan arriba del lejano abajo ya casi olvidado, somos dichosos y poseemos secretos y cosas que nadie nunca nos podrá robar.