Ser Humanos
Estoy en la cola del supermercado. En la caja de al lado, el cajero le dice a la chica que lo ayuda a embolsar “Mirá la cara que trae hoy, la pobre”.
Yo, por supuesto, miro, y veo venir a una anciana, con su canasto al brazo. Ya la había visto caminando por el supermercado, una de esas señoras muy mayores a las que yo califico como “de porcelana”: pequeñitas, con la piel muy blanca, vestidas con suma pulcritud y una apariencia de fragilidad extrema. La mayoría de las veces, mis “señoras de porcelana” contrastan esa aparente fragilidad con unos ojos que miran profundamente y parecen atravesarlo a uno, ojos que muestran almas capaces de soportar con entereza cualquier vicisitud de la vida. Pero ésta era toda fragilidad. Me la había cruzado un par de veces y era cierto: su cara mostraba una profunda tristeza. Caminaba muy lentamente, mirando todo con atención, leyendo las etiquetas de los productos y poniendo poquitas cosas en su canasto. En uno de esos encuentros la escuché suspirar con una lata de sardinas en la mano.
Ahora se acercaba a la caja. Creo que he desarrollado un sexto sentido para la caza de Historias Mínimas, porque algo me dijo que tenía que quedarme a escuchar. Así que pagué mis compras y me quedé cerca, mirando revistas.
El cajero saludó a la anciana “¿Cómo está?”, le preguntó, y ella respondió que “Acá andamos, m’hijito”. La voz de la mujer rezumaba congoja. El cajero se quedó callado, pasando las compras por el scanner, y entonces sucedió: el joven tomó la botella de vino que la anciana acababa de dejar junto con las otras cosas y le dijo, muy serio “Usted disculpe, señora, pero no le puedo vender esto”. La mujer se quedó atónita. “¿Por qué?” El cajero le preguntó entonces si no había leído el cartel que había sobre la góndola de los vinos, y ella le dijo que no, que no se había fijado en ningún cartel en particular. Pero ya la cara de la anciana había pasado de la pena a la intriga más absoluta. “Pues el cartel es bien claro, señora” “¿Y qué dice ese cartel?” “Que está prohibido venderle alcohol a menores de edad”. La mujer pareció no entender, se quedó inmóvil, y al momento siguiente se estaba riendo. Ya no había pena en su rostro. El joven cajero se reía, y también la muchacha que embolsaba. Yo me emocioné muchísimo. Todo ese gesto del cajero me pareció de una ternura y humanidad tan grandes, que habría que darle un premio.
La generosidad humana es a veces sorprendente y se dispara en los lugares y momentos menos pensados. No siempre son necesarias crisis y guerras para que se ponga en movimiento. Lo que tuve la suerte de ver fue un pequeño acto de enorme generosidad: la anciana se fue del supermercado con una gran sonrisa en su cara. Cuando soy testigo de cosas así es cuando recupero la confianza en el género humano.¿De qué no seríamos capaces si nada más hiciéramos el intento de mantenernos parados en la generosidad?