• Registro
  • ‎¿Qué es Shvoong?‎
  • Iniciar sesión
    Iniciar sesión
    Recordar mi nombre de usuario ¿Olvidó su contraseña?

Síntesis y críticas breves

.

Shvoong Principal>Arte Y Humanidades>CUANDO PARO EL RELOJ

.

CUANDO PARO EL RELOJ

por : raksasi    

Autores: ANA; MARIA; VARELA; SANCHEZ
CUANDO PARO EL RELOJ
Llovía insistentemente en la ciudad, en una noche que ya anunciaba sus diez campanadas
bajo el oscuro y pesado cielo.

Las calles hablaban con el único sonido de ires y venires de coches sobre el asfalto mojado,- luces quietas- .
En una esquina, alejada y vacía del bullicio, se erguía un edificio en el cúal, pisos arriba, pensaba la mente de un hombre solo, quien a su vez, había pasado la mayor parte de su vida tratando de entender, de rescatar, de hallar al menos un justificativo mero y simple a su soledad.
Sintió el aviso de las diez, sin importarle demasiado si esto era tarde ó temprano. En verdad, hacía mucho que las horas no le marcaban nada importante, por el contrario, se le escurrían pesadas a sus espaldas sin lograr sacudida alguna, alguna vez.
Sentado en un rincón del recinto, parecía abrigarse entre la oscuridad. Como cada noche apagaba una luz tras otra y se sentaba a la pastosa lumbre de un sirio, rodeado de enormes estantes de madera que guardaban libros, fotos viejas, más libros, y tres cajas precintadas con una cinta roja...
Muy bien cuidadas y siempre al alcance de su mano.
La mirada se le perdía en la llama de la vela. Tenía apenas treinta años y un corazón que le llevaba ventaja por lo dolido y cansado. Su barba, recortada siempre exacta, (como no queriendo salirse de su forma en lo más mínimo), contrastaba de manera tosca con su negro brillo y el brillo casi en lágrimas del claro océano de sus ojos, donde parecían perderse en azul miles de cosas tras ocultos naufragios de emociones.
Se levantó pausado. El vino sería, otra vez, ese líquido y fiel camarada.
Luego de llenar su copa, apuró de un sorbo tal contenido. Las cajas lo esperaban; sus secretos ya idos lo esperaban... idos pero a al vez tan vivos, que cuando llegaba al contacto de las cajas, sus manos, por no llorar se crispaban.
La gente del pueblo sabía poco de él. Siempre se le veía salir con su raída gabardina cuyos bolsillos parecían ser las cadenas en sus manos.
Meditabundo. Alto. Robusto...tan callado y tan solitario...
Nunca recibía otras gentes en su refugio. Tampoco quiso el teléfono que se incluía en su cuarto de alquiler. No era por falta de pago, sino por necesidad de silencio.
Se ganaba la vida, casi diría en manera justa. Sus guiones para obras de teatro, eran de un sentimiento desbordante tanto así que era buscado y requerido por variados directores pero sólo lo encontraban los pocos a quien él permitía.
Fue esa misma noche que decidió no escribir más.
Fue esa misma noche que, pasadas las diez, detuvo las agujas del reloj para así detener también su tiempo.
Las cajas fueron quedando abiertas por él una a una. Las tres. Una mueca en intento de sonrisa se delineó en su boca y lloró, lento, despacio, dando paso a cada lágrima... lloró por fuera y por dentro.
De una caja sacó con cuidado varias y amarillentas fotos de una hermosa cara de mujer. Luego, de la siguiente, fue recuperando las leídas y releídas cartas en azul por la misma mujer. De la tercera, una trenza color castaño que brillaba cual cabello aún prendido en su perfume, apareció y se quedó contra su pecho mientras observaba como las cajas quedaban vacías al igual que su vida.
El silencio en la habitación era de un total sagrado.
Afuera, en las calles, los fuegos artificiales junto a la alegría de la gente, denotaban un desconocido festejo. Risas, gritos, voces alegres, reencuentros...
...¡REENCUENTROS!... Tal así fue la sonrisa de este meditabundo hombre.
En su cuarto, los libros apilados permanecían callados, calladas las paredes, callada su puerta y callado el reloj, ese que él había detenido antes para, ahora, haberse quedado detenido él también.
La vela siguió consumiéndose, haciendo una sombra gigante y amorfa del cuerpo recostado de quien una vez escribiera notables historias.
¿ A quién podría importarle ahora su ausencia?, ¿ Qué más dá si la gente ya nolo advertiría por las calles con su gabardina?...¿Qué más dá? Si dormía al fin sonriendo, abrazado a su pelo, con las fotos de ella en su adentro y tantas y miles de palabras que ya eran eco de tanto recordarlas en su pensamiento... y ¿A quién podría importarle ahora?...Las cartas se las llevaría el viento, él se fue como había llegado: vivo por un amor, y por un amor muerto...
Llovía insistentemente en la ciudad, en una noche que anunciaba ya su pasada medianoche bajo el oscuro y pesado cielo.
Ana María Varela
Raksasi
Publicado el: marzo 09, 2006
Puntúe esta sinopsis : 1 2 3 4 5

Bookmark & share this post

.