Una vez escuché una historia sobre un experimento realizado con monos para demostrar el poder de las costumbres en la sociedad. En una jaula se encerró a un grupo de monos y en lo alto se situaron bananas. Cada vez que un mono pretendía alcanzarlas, alguien desde afuera accionaba una manguera a presión bañándolos a todos por igual. Durante un tiempo repitieron la acción hasta que los monos comprendieron que era inútil tratar de alcanzar las bananas ya que ello producía un castigo.
Al tiempo, se sustituía a uno de los monos con otro nuevo que no había participado en el experimento. Cuando el nuevo inquilino que desconocía la situación, trataba de alcanzar las bananas, los otros arremetían contra él para impedir con ello que fueran castigados por el agua.
Por largo tiempo continuó el experimento, siempre sustituyendo a uno de los monos iniciales por otro nuevo. La reacción continuó repitiéndose igualmente. A ninguno de los nuevos le era posible alcanzar el premio pues los otros se lo impedían. Al cabo del tiempo resultó que ya no quedaba en la jaula ninguno de los monos que inicialmente comenzaron el experimento. Tampoco se castigaban ya los intentos desde el exterior con la lluvia a presión. Sin embargo, la reacción del colectivo continuó inmutable. Ninguno sabía por qué no era posible alcanzar las bananas en lo alto, pero cuando los recién llegados lo intentaban, los demás arremetían contra ellos de manera automática. Por primera vez fue posible mantener a un grupo de monos junto a las bananas sin que ninguno tratara de comérselas.
Las conclusiones para nosotros los humanos resultan interesantes. ¿Cuántas costumbres mantenemos en nuestras sociedades por el simple hecho de que ‘siempre se ha hecho así’? ¿A cuántas personas ‘castigamos’ por ser diferentes, por tratar de alcanzar algo que consideramos prohibido? Tendremos que aceptar que muchas de nuestras costumbres son simplemente eso, pero carecen de una lógica humana que nos permita un desarrollo individual y social. Sin embargo, no es mi intención reflexionar sobre lo que se deriva de esta historia, sino sobre las posibles formas de ‘solucionar’ la situación.
Suponiendo un pensamiento racional en los monos del experimento, podríamos preguntarnos qué hubiera pensado el recién llegado, desconocedor de las costumbres, al ver que su intento por alcanzar lo que ‘humanamente’ (¿?) era más natural (las bananas), recibía como premio la agresión y el rechazo de sus compañeros. Decididamente aquel comportamiento no resultaba lógico, coherente.
La sociedad lo rechazaba y el se sabía conocedor de una verdad que los demás no eran capaces de percibir. ¿Cómo convencerlos, cómo cambiar aquel orden establecido?
Llegados aquí podemos suponer que la situación solo es reversible de dos maneras. Quizás nos fuera posible convencer a los demás de que aquello no tenía sentido, que lo socialmente aceptable no estaba de acuerdo con la naturaleza ‘humana’ y por tanto debía ser cambiado. Quizás nos fuera posible convencer a varios de nuestra verdad y juntos luchar violentamente para cambiar el orden establecido. Obviamente, de las dos solo la primera puede considerarse correcta, pues suponiendo que la opción violenta tuviera éxito, al final solo lograríamos imponer nuestro criterio sobre el resto que ahora pasaría a ser la parte segregada de la sociedad. De cualquier manera, siempre encontraríamos en el grupo una resistencia al cambio. De cualquier manera, al final siempre quedarían aquellos que aún rechazarían las nuevas costumbres.
¿Cuántas veces proponemos cambios para los cuales nuestras sociedades aún no están preparadas? ¿En cuántas ocasiones hemos sucumbido a la tentación de imponer nuestros criterios de manera violenta, pensando que nuestra verdad tiene todos los derechos sobre los demás? ¿Por qué muchas veces brindamos nuestro apoyo a organizaciones, gobiernos, instituciones, que bajo una pretendida idea de representar a la mayoría, en realidad son mecanismos de segregación y discriminación para aquellos que no son o no piensan como se espera? Debemos comprender que la sociedad se transforma por un proceso de evolución y que los cambios violentos, la imposición por la fuerza, solo crea nuevas injusticias, nuevos desplazados. Consultemos la historia para darnos cuenta a qué han conducido a corto plazo todas las revoluciones y cuánto tiempo han tardado las sociedades en asimilar los cambios y las nuevas formas de pensar que ellas proponen. Con todo esto presente, sigamos luchando de la manera más ‘humana’ en nuestro esfuerzo por ‘alcanzar las bananas’.