Noé es el décimo patriarca de la creación, hijo de Lamec, descendiente de Caín en línea directa, conforme al Génesis y al
duro reclamo de los gnósticos cainitas del siglo II, quienes alegaban que todos somos sangre del asesino de Abel y, por ende, mala semilla. Atenido a ciertas nociones de la alquimia naciente, Noé hizo el arca de ciprés resinoso y luego la embetunó con brea. Era, pues, la nave negra. En cuanto a la estructura misma del arca, la embarcación era cerrada y estaba compuesta de tres pisos. El primero para las bestias. Noé y su familia ocupaban el segundo. Quedaba el último para jolgorio de las aves mansas y de rapiña, el sabio cuervo, el gavilán artero. Por seguridad la nave tenía una sola puerta lateral, a la derecha, o sea, a babor.
En la parte alta había dos aberturas. Una para que entrara la luz divina. Otra para la luz natural. Concebida a través de la geometría celeste y, también, de acuerdo a las proporciones del cuerpo humano, el arca medía 300 codos de largo, 50 de ancho y 30 de alto. En el moderno sistema métrico, más o menos,156 x 26 x 16. San Agustín dice en Ciudad de Dios, con afiebrada imaginación, que la construcción tardó 100 años. Según las instrucciones de Dios, los animales estaban separados en mundos e inmundos. Entre los primeros se hallaba incluido el animal más raro de la tierra: el tigre de Tasmania.
Al cabo de cinco meses, cuando cesó el diluvio, un 17 de septiembre, el arca quedó varada en el monte Ararat, nudo montañoso de 5 mil metros de altura y cubierto de nieves perpetuas, ubicado en Armenia y que, curiosamente, equidista con rigor geométrico de los cuatro mares que lo rodean: el Negro, el Caspio, el Mediterráneo y el Rojo.
Entonces, ya con el ánimo sosegado después de escarmentar a la
humanidad, Dios hizo un trato con el patriarca Noé. Dada la terrible escasez que castigaba al mundo después del diluvio, el Altísimo concedió, por primera vez, que los humanos podían comerse a los animales, guisados en olla o asados al palo. Pero eso sí, con el requisito de desangrarlos bien antes del festín. Para zanjar el alegato de las bestias, Dios les quitó el don de la palabra que habían tenido en el Paraíso. Hasta entonces la humanidad había sido vegetariana y con largas tripas de jumento herbívoro.