Memorias de un educador (3). Yo decía que el equipo pedagógico era maravilloso. Una anécdota interesante había producido un trío de
instructores inolvidables. Tenemos en el calendario musulmán de la Hégira tres meses sagrados consecutivos: Chaaban, Ramadán y Choual. Una coincidencia extraordinaria había hecho que los tres instructores tuvieran esos mismos nombres y tuvieran a su cargo tres niveles consecutivos: CP, CE1 y CE2. El Sr. Choual, a pesar de su ligera cojera, era admirable. Un día distinto a los demás, con un aire ansioso y agitado, él nos había dejado salir antes de la hora e insistido mucho en que volviéramos a
casa sin entretenernos en la calle. En ese momento no comprendimos las razones de esa decisión imprevista, ni nos habíamos dado cuenta de la gravedad de los dramáticos acontecimientos que se iban a desarrollar. Recuerdo que de camino a mi casa, al intentar cruzar algunas calles, interminables caravanas de carros y camiones militares me impidieron el paso. Al llegar a mi casa entendí vagamente que se trataba de la ocupación francesa de la aldea de Oudja, situada al oriente de Marruecos,
muy cerca de la frontera con Algeria. Siendo apenas unos niños en aquella época, nos tocó ser testigos sin embargo de todos los dramas de esa ocupación. Pero no es ése el objeto de nuestro propósito de rememorar a un educador, por más que sea difícil querer callar el pesado impacto que tales acontecimientos tuvieron sobre nuestra escolaridad y nuestra vida cotidiana. Sobre todo porque la escuela era el terreno más propicio para sufrir y analizar esos eventos. Los cuadros nacionales eran escasos en aquella época. Nuestro director y el trío de instructores citados más arriba eran de nacionalidad algeriana. Dos instructores franceses se habían hecho cargo de nosotros para los
cursos de lengua francesa y cálculo en CM1 y CM2. El Sr. Roy, nuestro instructor de CM1 era el más malévolo a nuestros ojos porque jamás sonreía y nos ofendía con sus observaciones hirientes. Cierto día vimos una pistola en su portafolio semiabierto. Nos llenamos de miedo. Teníamos prisa por que el año escolar terminara lo más pronto posible porque nuestros compañeros mayores de CM2 nos contaban que su instructor era muy amable.Y ciertamente era amable. Era muy dedicado y consciente. Fue él quien nos preparó para el examen de
fin de la educación primaria y para la admisión al bachillerato. En la mayor parte de los cursos oficiales previstos en el programa él bondadosamente nos dispensó de los cursos de refuerzo y nos hacía trabajar incluso los domingos. Cuando se dirigía a los reprobados que se atrasaban en sus trabajos, les decía con gentileza que si querían casarse en clase. Una vez admitidos a las
pruebas escritas, uno se debía someter a las pruebas orales. Imagínense qué estresante era someternos a nosotros, así de pequeños como éramos, a todas esas pruebas tan duras. Afortunadamente todo terminó bien y me sentí dichoso al ver mi nombre en la lista de los graduados. Fue una fiesta para las familias de los admitidos, ya que la obtención del certificado de fin de estudios primarios era un acontecimiento raro en aquellos años, y se acostumbraba colgar los diplomas en las paredes de las salones de modo que fueran bien visibles para los vistantes.
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