La única forma de salvar la realidad objetiva del mundo, donde las cosas tengan propiedades definidas,
independientemente de que sean observadas, es admitiendo que la mecánica cuántica no representa una explicación completa de la realidad. Esto es, que existe un universo oculto que sostiene el mundo y le da sentido más allá de la nube de probabilidad en que vivimos. A esta propuesta se la conoce como “teoría de las
variables ocultas”. Einstein fue uno de sus más fervientes defensores, pero sólo en 1950 la teoría se convirtió en completa debido al aporte de David Bohm. Su teoría es la única totalmente determinista, pero debe pagar un precio alto por garantizar que cada partícula del mundo posee una posición determinada: la
no localidad. Es decir, lo que ocurre en una determinada región del espacio, instantáneamente tiene su efecto en otra, independiente de lo alejadas que estén. No es de extrañar que Bohm se haya convertido en gurú de místicos y parapsicologos.