El carácter probabilística de la mecánica cuántica nos lleva a una consecuencia aterradora: no existe
ninguna realidad profunda.
Mientras nadie mida, los objetos cuánticos no tienen ningún atributo, ninguna propiedad intrínseca. Esta es la llamada interpretación de Copenhague, la corriente ortodoxa dentro de la física. Vivimos pues en un mundo fantasma, donde nada está definido hasta que se mide u observa. Las consecuencias de esta interpretación no preocupan demasiado a los físicos. La teoría
cuántica satisface el principal criterio de una teoría: estar de acuerdo con los resultados experimentales. No importa, para la ciencia, lo que implica esto desde la perspectiva de lo filosófico.
Ante semejante panorama no es de extrañar que Einstein – que opinaba que , el fondo, debía existir un
determinismo coherente - dijera: “Si la mecánica cuántica fuera correcta el mundo estaría loco”. A lo que muchos físicos han respondido: “Einstein tenía razón. El mundo está loco”.