Me resulta inconcebible que alguien no pueda apreciar la enorme belleza que encierra la expresión matemática:
1 = -exp(pi
i)
Por un lado, la complejidad máxima, y por el otro, igualándola, la absoluta simplicidad, ésa con la que el hombre empezó a hacer sus pininos en el
mundo de las ciencias en épocas inmemoriales. Quizá por ello le haya costado tanto trabajo
al inmortal filósofo Bertrand Russell su intento por encontrar una definición de
número en términos de lógica pura, como bien apunta John Derbyshire en su magnífico libro
Prime obsession.
Es más, yo encuentro aún más bella esta expresión que la más famosa fórmula de cuantas puedan existir en el mundo de la ciencia, es decir, la célebre:
E = mc**2
del no menos eminente Albert Einstein. La razón es que mientras que la primera representa la pureza matemática misma, la segunda es el resultado de laboriosas investigaciones y se encuentra ineludiblemente vinculada a nuestro mundo material: la energía de la materia no es más que su masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado.
La manera directa de deducir la primera igualdad es:
-exp(pii) = -cos(pi) - i sen(pi) = 1.
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