LA NATURALEZA CONSUMIDA
Joaquín Araújo
La humanidad está demostrando una notable dificultad de adaptación frente a los enormes cambios en el entorno que su propia actividad está generando. La lentitud y la escala a la que operan dichos cambios- ya sea el aumento de la CO2, en la atmósfera y el consiguiente efecto invernadero que se manifiesta en pequeños pero inexorables aumentos de la temperatura media y del nivel del mar, como no el menos progresivo avance de los desiertos, o a la pérdida constante e irreversible de especies animales y vegetales – parecen haber mermado nuestra percepción de la realidad de los mismos.
La consecuencia más inmediata de esta miopía es que permanecemos sin reaccionar ante lo que se nos viene encima, hasta el punto de que algunos autores creen que lo mejor que podría sucedernos una catástrofe limitada para provocar una reacción colectiva, aunque no fuera más que por instinto de supervivencia , antes que sea demasiado tarde.
Por el momento, ante la falta de presión social, los gobernantes no parecen decididos a adoptar las medidas suficientes para afrontar los cambios necesarios, ya que podría resultar impopulares en unas sociedades todavía muy arraigadas a comportamientos tradicionales y con escasa o nula implantación de la nueva ética ecológica. Mientras tanto, siguen prevaleciendo intereses ajenos en general al problema medioambiental, que impiden, o cuanto menos retrasan, cuestiones tan urgentes como el replanteamiento del papel de la tecnología y de la ciencia en nuestra sociedad, o de la creencia de que el progreso se basa en el actual modelo económico de crecimiento continuado.
Toda adaptación requiere unos sacrificios, que evidentemente no estamos dispuestos a asumir de momento, en una clara muestra de egoísmo e insolidaridad hacia las generaciones venideras o incluso hacia aquéllos que habiendo quedado relegados a una situación marginal en el tercer y cuarto mundo se les exigen tal vez sacrificios a veces excesivos, o cuanto menos prematuros, antes de haber conseguido los niveles de bienestar de que disfrutan los países desarrollados.
Así, la falta de acuerdo entre los distintos países sobre, por ejemplo, como y cuando deben reducir sus respectivos emisiones de gases a la atmósfera no hace sino reflejar en un plano político las diferencias económicas existentes entre ellos, y en particular entre el Norte y el Sur. De nuevo nos hallamos ante un problema global y complejo que requiere una nueva ética.