El domingo 7 de mayo de 2000, a esos de las 3:00 PM de la tarde nos dirigimos un grupo de
cinco músicos desde Haina a Cambelén, unos 20 kilómetros al Oeste de Haina, San Cristóbal, República Dominicana. Llegamos una hora más tarde. Llegamos a tiempo para comenzar a colocar los instrumentos y equipos de sonido en la iglesia donde haríamos una presentación en vivo. Resultó que la iglesia era muy pequeña para la instalación de nuestros equipos allí dentro. El director del grupo, Brígido, me ha dicho que hay muy poco espacio, qué podíamos hacer. Yo le sugerí que hiciésemos la instalación fuera de la
iglesita. Elegimos el frente de esta. Allí había muchas yerbas, buscamos que nos prestaran machetes y limpiamos el lugar, lo barrimos y lo acotejamos que todo quedara bien. Sacamos los bancos de la iglesia y los colocamos ordenadamente en fila. Las demás personas que venían llegando traían sus sillas plásticas y también la fueron colocando bien a sus conveniencias para obtener mejor vista del evento.
Ya eran las 6:15 pm y procedimos a las afinaciones de los instrumentos. No tardamos mucho en esto. Media hora más tarde todo quedaba listo y las instalaciones bien dirigidas al público.
Al llegar las 7:15 pm nos propusimos dar inicio al evento.
Llegan las 8:00 de la noche y siento que me cae una gota de agua del cielo estrellado. Le digo a Brígido que parece que va a llover. El me replica animado que no va a llover. Unos ratitos después me vuelven a caer unas gotitas muy finas de agua y le vuelvo a decir a Brígido que va a llover y duro. Brígido no hallaba cómo convencerme que no llovería. Luego miró al cielo me dijo: “Mira el cielo como se ve despejado, no hay nubes. ¿De dónde tu sacas que va a llover?”. Yo le dije que me habían caído ya varias gotitas de agua. “No será que alguien quiere mojarnos”, dijo él. No, dije yo. Y volvió Brígido a decirme: “Mira como está cielo de estrellado. Se ve lindo. Es más, ¡Mira esa estrella!, ¡se ve bien linda y brillante!”. Yo miré la estrella que él señalaba y la vi tal como decía, linda y brillante. Ella describía una luz verduzca entre azul con toques blancos. Pero no le puse mucha atención. Todo eso ocurría mientras el Pastor de la iglesia daba unos anuncios al público.
Pero un curioso niño de unos 8 o 9 años de edad, que no dejó de seguir mirando la estrella que oyó que mencionábamos gritó de súbito: ¡La estrella se está moviendo!!!. Brígido le replicó al muchacho: “Cuándo tú has visto una estrella moverse, ¿te pusiste loco?”. ¡Mírala que se mueve!!!, grita el niño otra vez. Yo también miré al cielo a ver lo que ocurría, lo hizo el Pastor, los demás muchachos del grupo y todo el que se encontraba allí congregado y miramos al cielo en pleno silencio. Lo que comenzamos a ver era totalmente increíble.
La estrella se movía levemente de un lado a otro y retornaba a su lugar. Lo hizo varias veces hasta detenerse en su punto original. Se quedó ahí inmóvil por unos segundos que nos pareció sin importancia para seguirla espectando.
¡Ahora viene bajando!!!, de nuevo grita el curioso niño. Y le dijo Brígido: “Ahora te pusiste más loco. Ahora es que viene bajando”.
Yo la miré de nuevo, tragué en seco. En verdad venía bajando a millón, pero mantenía su tamaño original. Yo me dije por dentro: “cuidado si esto viene a estrellarse contra nosotros como un meteorito”. En verdad, eso parecía. Pero al instante, la supuesta estrella se detuvo a una altura que la hacía más cercana a nosotros, como a la altura donde viajan los aviones de chorro (jet). Allí permaneció inmóvil por unos segundos. Pero, como ya todos estábamos perplejos mirando aquella extraña estrella cerca de nosotros y frisada en un ponto en el cielo, no quitábamos la mirada de ella.
Nos asustó a todos cuando vimos cómo de repente se movía horizontalmente de un lado a otro. Primero, hacia el Oeste y retornó a su punto original, luego al Este y retornó a su punto original. Luego, de Oeste a Este y retornó a su punto original. Más luego de Este a Oeste varias veces a una inmensa velocidad.
Luego, descendió mucho más. Llegó a la altura de los copos de unos pinales que nos rodeaban en aquél pobladito de unas 15,000 personas.
Todos allí nos obnubilamos asustados y casi temblando al ver ese fenomenal evento.
La
luminaria volvía a moverse agresivamente alrededor de los copos de los pinales girando en torno a estos a la izquierda y a la derecha alternadamente y varias veces. Y, de repente, desaparece en la nada. Y al mismo instante de ocurrir la desaparición del fenómeno comenzó a llover abrumadoramente y a cántaros sin darnos lugar a recoger bien los instrumentos musicales que no se podían mojar. Todo se volvió una confusión y hasta llegamos a chocar unos con otros, estábamos como tontos y sin ideas y nos refugiamos con los instrumentos dentro de la iglesita los que cupimos allí. Los demás, llegaron a marcharse a sus respectivas casas. La lluvia duró justo una hora. No hubo prédica, sólo una oración de despedida y nos marchamos del lugar a veces en silencio y a veces comentando el raro caso.