Estando consciente de lo que ocurre, fluyo en el Tao, todas las cosas se vuelven proféticas y me revelan quién soy y cuál es la naturaleza de todos mis vínculos. Con estas palabras se puede sintetizar la idea fundamental que John Heider presenta en su tratado. Cada uno de los ochenta y un poemas que constituyen el Tao Te-King, el libro fundacional del Taoísmo, son examinados y re-
escritos bajo una nota clave: el
arte del liderazgo, la ciencia de dar órdenes y supervisar amistosamente el curso de los acontecimientos.
El líder sabio aprende mucho más porque presta atención a todas las conductas y así descubre que una persona con los pies en la tierra adquiere por sí misma su
natural ocupación.
Estar en sintonía con la vida, en actitud vigilante y con sincero y pleno interés en desentrañar el misterio de las relaciones de
mando y de adiestramiento, son la consecuencia natural de esta práctica.
Cada uno de los ochenta y un capítulos, escritos en un lenguaje a la vez poético y analítico, nos proporciona elementos idóneos para el mando en los grupos humanos; como educadores, como hombres de política, como militares o instructores religiosos.
A cada capítulo también le corresponde una lámina que se relaciona intuitivamente con el tema desarrollado, un dibujo de trazo lineal, espontáneo, fiel al espíritu del arte representativo de aquella escuela oriental.
No hay como dirigir un
grupo con delicadeza, con cuidado, como si estuviéramos cocinando el
arroz o sacándole las manchas a una ropa fina. De esa manera el proceso del grupo surge naturalmente, lejos de presiones y demandas extemporáneas que pueden “estropear el arroz o destrozar el pantalón de terciopelo”.
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