Uno de los campos más fascinantes de las ciencias sociales es cómo los humanos trabajamos con falta de información. Muchas
veces, un político o un inversor tiene que tomar decisiones sin saber cuál es la situación exacta ahí fuera, confiando que la gente en la que se apoya no le esté mintiendo. Algunas voces defienden que las ciencias sociales y la teoría de juegos son incapaces de explicar esta clase de cosas, sin conocer demasiado, me parece, cómo funcionan. Pondré un ejemplo de economistas, siempre conscientes de la importancia que la información perfecta tiene en los mercados, y como han trabajado con ello.
Todo el mundo alguna vez ha tenido que comprar alguna cosa de segunda mano. Un objeto usado, sea en internet o en alguna otra parte, siempre tiene algo de salto al vacio; nunca sabes si el flamante BMW que según el vendedor se pasó tres años en un garaje de un hombre enfermo es realmente una ganga o no, o al menos no hasta que eventualmente te deja tirado.
Esto que en un principio parece un
problema relativamente trivial, para los economistas es un problema grave. Una de las cosas que definen una economía de mercado es que los mercados gozan de información abundante, de modo que un comprandor sabe lo que compra, y un vendedor sabe que le pagan. En el caso de un mercado de segunda mano (siendo coches el ejemplo clásico), estos factores no están necesariamente allí, y el mercado tiene problemas para funcionar.
Supongamos que estoy vendiendo coches de segunda mano. Mi primera intuición será poner un precio bajo a los cacharros y un precio alto a los que están en un estado razonable en el caso que los compradores sepan lo que tienen delante. Sin embargo, es fácil darse cuenta que con un poco de abrillantador y 3 en 1 puedo hace que un coche con la transmisión y los bajos destrozados tenga un aspecto estupendo, así que si tengo ganas de hacer dinero, haré eso, pondré un precio como si estuviera en buen estado, y trataré de venderlo.
El problema está en que los potenciales compradores, si piensan un poco, empezaran a darse cuenta que la mayoría de vendedores tratan de dar gato por liebre, y empezarán a sospechar. Un precio alto no será señal que el coche que tienen delante está en bueno estado, así que comprarán con mucho menos entusiasmo. Los vendedores siempre pueden hacer algo para incrementar la demanda, que es bajar los precios, pero la señal para los consumidores seguirá siendo confusa. Lo que es peor, según los coches se deban vender por menos, habrá menos gente dispuesta a llevar un buen vehículo al mercado de segunda mano, ya que cada vez podrá conseguir menos dinero. Al poco tiempo, lo único que llegara al mercado serán cacharros auténticos, con precios por los suelos, y con un mercado muerto.
Tenemos entonces un mercado en que la información asimétrica entre compradores y vendedores acaba por apagar los intercambios. Hay gente dispuesta a vender coches, y hay gente dispuesta a comprarlos, pero como los precios no están dando ninguna información relevante entre tanto vendedor sin escrúpulos, el mercado se queda vacio.
¿Qué opción le queda al vendedor que sabe que tiene un buen
producto para no resignarse a vender a bajo precio? George Arkelof en un trabajo que le dio el premio Nóbel, explicó qué hace que estos mercados funcionen. Simplemente, quien tiene un coche decente recurre a prometer de manera creíble que tiene un buen producto, y lo hace en forma de garantías. Al saber que su producto es bueno y funcionará de manera razonable, puede ofrecer al comprador hacerse cargo de las reparaciones de este de manera gratuita por un año, algo que ningún vendedor de un vehículo poco fiable se puede permitir hacer. Los compradores no pueden observar directamente si algo es bueno o malo, pero pueden deducir por los riesgos en los que incurre el vendedor si el producto funcionará o no.
Este problema, evidentemente, no es exclusivo de los coches de segunda mano; cualquier producto en que el vendedor tenga mucha más información que el consumidor puede estar sujeto a estas complicaciones. Ejemplos hay multitud, y cada mercado soluciona sus problemas de información de manera distinta.
Resumiendo, hay básicamente tres maneras de tratar con este problema de información asimétrica. El primero es que el vendedor haga una promesa creíble sobre la calidad de su producto, como son las garantías de los coches. El segundo es que una agencia o empresa externa celosamente neutral se dedique a calificar productos, como sucede con el mercado de la deuda. El tercero es que el estado vigile que los servicios y productos ofrecidos tengan una calidad mínima para eliminar los cacharros más evidentes. Si no es el estado, los mismos profesionales pueden dedicarse a ello, aunque siempre pueden caer en la tentación gremial de restringir la entrada de nuevos miembros para tener más trabajo y hacerse de oro, como un piloto de aerolínea cualquiera.