En Santiago había un deán deseoso de aprender las artes de magia fue a Toledo
donde había una persona experta en magia (Don Illán) el deán lo fue a buscar y
este le atendió con amabilidad.
Más tarde el Deán le hablo para que vino y le pido si podía ser su maestro
y este nunca iba olvidar tal generosidad. Luego de varias suplica acepto, antes
le dijo a la sirvienta que tuviese perdices para la cena, pero que no las
pusiera a asar hasta que la mandaran. Don Illán lo llevó a una pieza contigua. Mientras revisaban libros
de magia, llaman a la puerta dos hombres con una carta para el deán de su tío
que lo llamaba ya que estaba muy enfermo pero este opto por seguir aprendiendo
con su maestro. A los pocos días llegan unos mensajeros que le informan que el obispo
había fallecido, que lo habían elegido sucesor cuando don Illán vio estas
cosas, se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía al
Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió el decanazgo
vacante para uno de sus hijos. El obispo le hizo saber que había reservado el decanazgo
para su propio hermano, pero había determinado favorecerlo y que partiesen juntos
para Santiago. Paso lo mismo con el obispado, el arzobispado y el cardenal. El
Papa lo amenazó con la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que
un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas. El miserable don
Illán dijo que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el
camino. El Papa no accedió. Don Illán dijo con una voz sin temblor:
-Pues tendré que comerme las
perdices que para esta noche encargué.
La sirvienta se presentó y don Illán le dijo que las
asara. A estas palabras, el Papa se halló en la celda subterránea en Toledo,
solamente deán de Santiago, y tan avergonzado de su ingratitud que no atinaba a
disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las
perdices y lo acompañó hasta la calle, donde le deseó feliz viaje y lo despidió
con gran cortesía.
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