Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar .
Autor: Luis Sepulveda
Zorba era un gato grande, negro y gordo que vivía cerca del puerto de Hamburgo. Una mañana tomaba el sol en el balcón de su casa cuando vio aterrizar a sus pies a una gaviota maltrecha que había caído en una ola de petróleo. Ante sus sorprendidos ojos la gaviota puso un
huevo y mientras agonizaba le hizo prometer
al gato que no se comería el huevo, que criaría al
polluelo y le enseñaría a volar. Apenas juró a
Kengah, la gaviota, que ayudaría a su polluelo murió.
Zorba, pensando que aún podría ayudar a la gaviota saltó por los tejados en busca de los consejos de
Colonello, un gato viejo que en un restaurante. Su ayudante,
Secretario le hizo pasar y cuando le explicó su problema se ofreció a ayudarle para lo cual le recomendó buscar el consejo de
Sabelotodo. Este era un gato que vivía rodeado de libros y objetos diversos en
el bazar de Harry, su dueño, compartiendo espacio
con Matías, un chimpancé encargado de la seguridad del local. Después de consultar la enciclopedia le recomendó mojar el rabo en benzina y limpiar las plumas de la gaviota pero llegaron tarde. Entonces los cuatro amigos se unieron para poder cumplir la promesa. Enterraron a
Kengah y después
Zorbas empolló el huevo durante veinte días hasta que nació el polluelo que tenía escondido en el balcón. Un día vio que el polluelo estaba a punto de ser devorado por dos gatos callejeros con los que tuvo que pelear. Huyendo del balcón
Zorbas llego al polluelo al bazar de
Harry pero allí fue descubierto por las ratas con las que tuvo que pactar el acceso libre hasta la calle. El pollito crecía sin saber si era macho o hembra así que visitaron a
Barlovento, un gato ilustrado por sus muchos viajes que les dijo que era hembra por lo que decidieron llamarla
Afortunada.
Lo más difícil fue enseñarla a
volar porque ninguno de ellos sabía. Fue entonces cuando tomaron la decisión más difícil, confiar en un humano. Buscaron a
un poeta porque saben volar con las palabras y hablaron con él. Al principio el hombre pensó que eran alucinaciones pero superado el asombro les dijo que la llevaran al
campanario de San Miguel en una noche de lluvia. La gaviota sintió la lluvia sobre sus plumas y entonces voló.
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