SARAMAGO, JOSÉ: “Viaje a Portugal”. Editorial Punto de lectura, Madrid, 2007.
No se deben esperar de este “Viaje
a Portugal” advertencias y consejos a la manera de las guías turísticas que se consultan habitualmente antes de emprender el camino. Mejor sería acercarse al relato de José Saramago como al interior de su propio mundo, su país y la cultura que lo formó y a la que él mismo contribuye a construir. La lectura se disfruta cuando se está más atento a las reacciones del autor ante lo que ve y a las descripciones de los lugares que visita, que a los detalles de un itinerario rigurosamente establecido.
A lo largo de todo el camino el autor nos invita a compartir con él sus impresiones, sus interrogantes y muchas veces sus enojos frente a lo que los hombres cometen contra el ambiente que los cobija, contra el paisaje rural o los lugares urbanos y la
arquitectura que son legado del pasado de su pueblo y testigos de su historia.
El recorrido- en automóvil- es tan amplio que cubre casi toda la geografía de Portuga.Muchas veces se interrumpe y se modifica según circunstancias climáticas, estados de ánimo del viajero o súbitas intuiciones que lo llevan a tomar un camino imprevisto.
Ingresa por Miranda do Douro en el límite con España, y sigue por rutas zigzagueantes, tomando a veces caminos secundarios, de Norte a Sur, para finalizar su itinerario en el Finisterre del Sur.
Muchos hallazgos impensados resultarán de esto, pero también algunas frustraciones por no ver algo que se había propuesto. Más de una vez deberá marcharse de un sitio prometiéndose un futuro regreso. Pero esas son situaciones para las que todo viajero debe estar preparado. Del mismo modo que se deberá estar atento a esta observación que hace de sí mismo y que se puede llegar a compartir: “”El viajero… sabe que su mal nace de no poder conciliar dos voluntades opuestas: la de quedarse en todos los lugares, la de llegar a todos los lugares”.
Tampoco se puede ignorar esta advertencia: “… busque entonces, pero con la reserva de no olvidar que en el mundo no faltan miserias y fealdades”.
Este libro nos acerca no sólo al conocimiento de
la naturaleza y la cultura que se armonizan para configurar un
paisaje inagotable, sino al modo de percibirlo de un autor admirado universalmente. A través de sus páginas iremos descubriendo la sutil sensibilidad de Saramago para apreciar
el arte en todas sus formas y sobre todo su interés en escuchar las voces de los hombres que va encontrando en su camino. Le interesan el arte que es obra del genio del hombre- belleza creada- y la naturaleza que el hombre fue transformando para construir el escenario de su vida.
El viajero no deja de plantearse interrogantes sobre
los hechos y las gentes que en el pasado habitaron los lugares que visita y muestra una particular fascinación por
los nombres de sitios y personajes. Más de una vez, al no encontrar respuestas, recurre a la imaginación para formular una versión muy propia, que lo satisface y nos deleita con su poesía.
Sus juicios críticos sobre el arte, la arquitectura y las restauraciones – aunque formulados con modestia y desde una perspectiva no especializada – demuestran un criterio maduro sobre esos temas. Las preferencias del autor en esos campos se inclinan hacia lo antiguo y pintoresco mucho más que hacia lo moderno y lo banal. Se maravilla ante lo románico y se muestra abrumado por los esplendores del barroco. Valora con sensibilidad
el modo en que son trabajados los materiales: “Este mármol fue trabajado sólo para ser mármol”, escribirá sobre la Sé Nova, en Coimbra y destacará cómo esta obra
refleja el espíritu jesuítico, inteligente y racional. Donde se comprueba cabalmente la capacidad de Saramago para percibir y transmitir las impresiones y los sentimientos que despierta en él una obra de arquitectura, es en su relato de la visita al Monasterio de Santa Maria da Vitoria, próximo al lugar donde se llevó a cabo la batalla de Aljubarrota (pág. 157 y ss.) Allí seguirá una secuencia de espacios, desde una primera visión de conjunto, a su tránsito por las naves que le va deparando nuevas sorpresas, el claustro de Don AlfonsoV, y los detalles plásticos que llaman su atención desde distintos ángulos. No quedan fuera de esta descripción ni la atmósfera cambiante por la incidencia de la luz ni los sonidos y la agitación inesperados que producen en el ambiente dos pájaros que irrumpen inesperadamente.
El arte popular le merece siempre un comentario. En algún museo llega a manifestar su gusto preferido por los instrumentos de trabajo, “las pequeñas obras de arte en las que quedaron agarradas las huellas de quien las hizo y usó”. Expresa ese mismo sentimiento un comentario suyo sobre una declaración inscripta en la cartela que portan dos ángeles a la entrada de una iglesia de Galegá: “Memoria soy de quien me construyó”.
Precisamente esa villa está muy próxima a su Azinhaga natal, lugar que es descrito con ternura, pero sin detenerse demasiado por temor a alcanzar un tono excesivamente personal.
En fin, cada párrafo de este libro resulta una revelación sobre
diferentes matices de la personalidad de José Saramago, tanto como del paisaje portugués. Por esa razón merece ser leído y disfrutado sin prisas. Seguramente se volverá a él una y otra vez.