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El Manifiesto, o, Anastiana 5

Summary rating: 5 stars 2 Puntuación
Review by : corredortiz
Visitas : 23  palabras: 900   Publicado el: febrero 06, 2008
 (Viene de “El Manifiesto, o, Anastiana 4”) … Cuando comprobó maravillada que el nueve coincidía con el espacio entre las anheladas puertas abiertas que significaban el triunfo, celebró con un estridente grito de victoria y empezó a brincar sobre el colchón haciendo saltar el tablero y las fichas. La mamá rió contenta y el niño fingió que sufría la ignominiosa derrota. La niña cayó acostada rebotando en la cama, y los otros sentados a sus lados la abrazaron y felicitaron efusivos. —Bueno, mis muñecos... —sonrió la mamá parándose de la cama. —¡Alto ahí, distinguida dama! —interrumpió el niño adoptando la pose que imaginaba apropiada para la dignidad en la época de los príncipes del juego—. ¡Os pido respeto! No estáis tratando con ningunos muñecos, sino con mi amada la célebre princesa Anastasia, y con éste servidor vuestro, el insigne príncipe Ángelo. —¡Oh, disculpadme, nobles príncipes! —respondió a punto de soltar la risa—. Pero os recuerdo que ya ha rato ha caído la noche, ya disteis muerte a todos esos monstruos peludos, os encontráis a salvo en el maravilloso castillo dorado, y es hora de dormir. Os ruego que os acostéis de inmediato, si no queréis tener que hacerlo más tarde con vuestras célebres e insignes nalgas coloradas y ardientes. —No, mami, todavía no —protestó la niña—, yo quiero seguir jugando. —Sí, querida señora mami, démosle gusto a la princesa. Además está haciendo mucho calor para dormir—agregó el niño mientras sacudía la pijama para ventilarse. —Pues quítense las pelucas, eso es lo que los tiene tan acalorados. —Pero entonces, ¿Nos das permiso de acostarnos sin nada de ropa? —preguntó la niña. —Está bien, pueden dormir desnudos pero se acuestan ya mismo —aceptó la mamá quitándoles las pelucas que luego botó sobre la consola al lado del tocadiscos. —Todavía no somos presa del sueño, reina despiadada. ¿Por qué no nos dejáis ver televisión? —propuso el niño quitándose el pijama con alivio. —No, mi amor. Tú sabes que a esta hora todo lo que hay en la televisión es para mayores. —Pues le tapamos los ojos a la princesa —sonrió pícaro.  Mamá rió y la niña le mostró la lengua en mueca de insulto. —Bueno, les propongo una cosa, se acuestan juiciosos y yo les leo un rato —dijo la mamá mientras desvestía a la niña que estirando los brazos disfrutaba la caricia del aire sobre la blanca piel. —¿Qué nos vas a leer? —la niña desnuda se tendió sobre la cama doble. —¡Un cuento de terror! De horribles monstruos peludos que comen princesitas acaloradas —el niño desnudo abrió los ojos café profundo y mostró los dientes tratando de asustar a la niña, quien en lugar de impresionarse le volvió a mostrar la lengua.  —No, no es ningún cuento de terror —rió la mamá mientras levantaba un libro de la mesa de noche—. Es un pasaje muy lindo que encontré en este libro, y quiero compartirlo con ustedes. Se llama: “Manifiesto de Lealtad”. —Eso suena como muy aburrido, ¿cierto? —el niño a la hermanita. —Pues no tiene nada de aburrido —aclaró la mamá—. Es una promesa muy linda que hace muchos años, por allá en los tiempos de los reyes y las reinas, la misma época de Ángelo y Anastasia, le escribió un niño de tu edad a sus padres y hermanos cuando atravesaban por una situación muy difícil. Quiero que lo oigan para que se acuerden de él el día que alguno de ustedes necesite del otro. ¿Lo leemos, o prefieren que les apague la luz y me vaya a otra parte a leerlo sola? Los niños asintieron sin mucho entusiasmo y se acomodaron mirándola dispuestos a oír. —Primero les leo el Manifiesto y después les cuento la historia. Dice así —abrió el libro en la página señalada con una cinta y leyó—: “Mi vida, mi amor, mi salud, mi bienestar, mi fortuna, y mi lealtad, son para mi familia. Nada es más importante en el mundo que ella. Nada puede llegar a superar el respeto y la obediencia a mis padres, ni el cariño, la comprensión, ni la lealtad hacia mis hermanos. Si por unirse conmigo,

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