(Viene de “El Manifiesto, o, Anastiana 3”)
… El único ejemplo que se me ocurre, es lo que podría sentir alguno de ustedes tres si llegara a saber que los otros dos le han estado engañando, o estafando. Sería algo que destruiría por completo su confianza en el universo entero y en su propia vida. Ése es el conflicto que me pesa desde hace casi seis años, y que sólo ahora,
con Vica, la única persona en cuya autenticidad he podido creer, he compartido mi carga y sentido algo de alivio. Este tesoro que he encontrado en Vica y por su reflejo en ustedes, es algo que pienso conservar por lo que me queda de vida, pero para poder vivirlo en la plenitud que sólo se encuentra en la paz, necesito definir esto. Necesito saber si debo aclarar las cosas con esa persona que es parte de mi alma, o debo callar y sepultar las cosas sin resolverlas, lo cual sería aceptar que en el mundo no existe la posibilidad de ser totalmente honesto, ni creer en la honestidad de nadie. Vica ya me dio una opinión, pero me sugirió que lo habláramos con ustedes, lo cual encontré por completo razonable. Sólo alguien como Dani, que vivió un conflicto tan difícil, y alguien como Gerardo, quien lo supo asumir hasta el punto de escribir sobre él de la forma imparcial y respetuosa en que lo hizo, pueden comprenderlo y darme un concepto que, sumado
al de Vica, me ayude a tomar la decisión de hablar o callar. Eso es lo que quiero hablar con ustedes, contarles la historia y pedir su consejo. ¿Qué me dicen?
Nos miramos con Dani. Los dos sabíamos lo frecuente y aburridor que es el que muchas personas crean que poseen la historia más original e interesante
del mundo, y cuando se ven frente a un escritor recurren a las más rebuscadas disculpas y argucias, para soltársela convencidos de que lo van a dejar mudo de admiración y se van a convertir en los protagonistas del próximo “best seller” de fama mundial. Pero con los ojos nos pusimos de acuerdo en que esta vez no se trataba de cualquier necedad. El conflicto de esta joven que ahora era también parte de nuestro universo, uno más de nuestros seres queridos, tenía que ser algo de verdad muy serio.
—Por supuesto que puedes hacerlo —contestó Dani—. Cuenta con todo nuestro tiempo, y nuestro total interés.
—Gracias —respondió Tiana y abrazó a Vica—. Gracias a los tres.
2. El Manifiesto
1961
Los dados rojos se desplazaron caprichosos a través del tablero de cartón que reposaba sobre la cama, y se detuvieron al tiempo con uno de los primeros acordes de “Träumerei”, de Robert Schumann, cuyas apacibles y románticas notas invadían la alcoba desde el tocadiscos sobre una consola. Un dado mostraba cinco puntos blancos y el otro cuatro.
El
niño de siete años, luciendo una peluca de pelo sintético azul intenso, y pequeñas estrellas brillantes de colores pegadas en el rostro, los levantó rápido.
—Ocho —dijo con seguridad y le guiñó un ojo a mamá quien sonrió con disimulo, mientras la
niña de cinco años, con peluca fucsia y estrellitas brillantes en la cara, miraba expectante el tablero.
El niño tomó la
ficha azul y, golpeando ceremonioso con ella uno tras otro los cuadros de colores en que se dividía el pintoresco camino que atravesaba el bosque encantado, contó hasta ocho. La ficha quedó en un tétrico espacio negro, territorio de un terrorífico monstruo peludo con las inmensas fauces abiertas en feroz expresión, y un letrero entre los afilados colmillos en el que se leía:
“Castigo: debes regresar hasta el seguro anterior y esperar tu nuevo turno”. El niño, exagerando al máximo la falsa postura de tristeza y decepción, con sentida exclamación de protesta devolvió la ficha al cuadro indicado. La mamá lo miró con gesto de resignación. La niña hizo muecas de burla y rió contenta por el “fracaso” de su hermano.
—Me toca —la niña, con perlitas de sudor en la frente y el labio superior causadas por la excitación del juego y el intenso calor de la noche tropical, recogió los dados, los agitó con energía en
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