Primero lo pienso, luego lo pronuncio a los cuatro vientos: “EL SECRETO” es un “abrelatas existencial”. Un libro recomendado para quienes, cuando llueve sopa, siempre andan
con el tenedor en la mano derecha y un destornillador en la otra. Es un libro creativo e inspirador.
“Una afirmación
abre una puerta”, con 5 palabras nos ilumina la autora. Por ahora, hay hándicap y agrego: abre puertas y portones, ventanas y ventanitas, calles y avenidas, puentes y túneles, cielo y tierra, noche y mañanitas. Abre manos y brazos, dan ganas de “abrazar algo” cada vez que cerramos el libro. Porque este libro se lee despacio; escribieron: “Arte es un plato que se cocina a fuego lento”; es una obra de arte para seres con espíritu (santo o no santo). Uno lo lee y festeja loas, no solamente a Osana en sus alturas, también a Rhona Byrne en su generoso escritorio.
Dijo el verdulero de mi barrio, don Pepino Verdolaga: “si no compramos, resumamos…”:
Pensar y decir afirmaciones, siempre con buena onda y para “hoy”, o mejor “ahora”; crear un punto focal o enfoque hacia adentro y fuera de nosotros mismos, diferentes; no es fácil, no es como cambiarnos el calzoncillos o los corpiños, esto requiere práctica. Pienso cosas lindas: son semillas buenas que planto en mi cabeza (cuidado con la azada los muy sensibles). Aparecen las rosas, los jazmines y vuelan en el jardín los ruiseñores y mariposas. Pienso “otras” cosas: son semillas malas que planto en mi cabeza (cuidado con el abono los muy perfumados). Asoman los yuyos, cardos y nardos, las tortugas viejas y distraídas o algo peor: un pinito bonsai que mide 5 metros.
El pasado no se pisa, pero ya pasó. El futuro es un misterio, igual que mi tía Alicia (ya verán ustedes).
Somos positivos y se nos abre un abanico de realidades sin comillas: desde una aceituna hasta un transatlántico, pasando por una aspiradora y/o 10’ de charla gratuita con la reencarnación de Picasso.
Lamento únicamente de este hermoso libro lo siguiente: de los muchos casos expuestos -experiencias de personas reales que lograron un cambio radical con sus vidas-, brillan por su ausencia mis abuelos paternos: Sebastiana y Toto. Aclaro que mis otros dos abuelos no fueron repollos maternos, ocurrió que eran neutros.
Toto era el positivo, Sebastiana la negativa. Toto la tenía clara y yema. Un trabajador incansable, jardinero y hachero (leñador de urbe chica), siempre transpirando la gota lechona, pero con la sonrisa
al frente (en la boca, no en la frente), y una mochila de calambres en su espalda por el tema de la agachada full time. Siempre viendo la mitad llena del vaso. Incluso durante la sequía más caprichosa se le escuchaba decir“¡siempre que llovió, paró!”; enseguida el alarido de la Sebastiana cortando la intención: “¡Es mentira! ¡después que llueve hay que pasar el trapo de piso y ahí te quiero ver con la artritis!”. Toto reía y retrucaba: “¡te amo, Sebastiana!”; pero jaque mate de Sebastiana con: “¡mentiraaa! ¡¿a cuántas otras Sebastianas le dirás lo mismo?!”. ¿Otras Sebastianas en el mundo? Única en su especie, Sebastiana era más difícil que patear un penal usando un bebé panda dormido como pelota.
Vivía con nosotros la tía Alicia, quien una vez al día se metía en el único baño de la casa mientras nosotros hacíamos la fila del aguante. Nunca se supo qué hacía tantas horas encerrada en el baño. “¡No pierdan la fé, familia!”, gritaba Toto desde el jardín… ¡y Alicia salía! Seria – como elefante entrando a negocio de espejos-, salía tía con la guía telefónica y la tabla de logaritmos bajo un brazo, el Corin Tellado + la Biblia bajo el otro, salía Alicia con sus largos bigotes (les dije que la tía era un misterio).
¿Quién se fue primero?
La yunta “lógica y justicia divina” bien podrían suponer que salió de la cancha primero la Sebastiana… no. Quien siempre negó la
vida se fue 20 años después. Ella negaba todo, hasta la muerte. Ésta, le tenía fobia a Sebastiana por miedo al contagio. La parca prefiere a los optimistas. Además, el abuelo duró poco porque cuando ella le caía encima era como 7 tsunamis arrastrando el doble de barcos petroleros derramando crudo. La última palabra del abuelo fue “so”: quiso decir “sí”, pero Sebastiana ya lo tenía casi convencido.
Cuando se fue la abuela se le dio vuelta la tortilla: llegando el largo y negro cortejo fúnebre al cementerio, éste estaba cerrado. Broma o no del destino, un cartel al frente anunciaba: “Cerrado por duelo”.
Entre familia y chusmas éramos casi 200, esperando 2 días en la playa de estacionamiento, hasta que un primo bendito arrimó una catapulta sarracena del siglo XV (nadie pregunte de dónde la sacó), y lanzaron a Sebastiana por encima de los 15 metros de la reja, apuntando más o menos hacia el mausoleo de La Sociedad Italiana, aunque ni bien escuchamos el estrépito de su caída, un anónimo desde adentro solicitó otro intento, pero modificando las coordenadas de tiro.
¿“El Secreto” es un salvoconducto a la felicidad? No lo sé. Sí afirmo lo siguiente: hace mucho tiempo que no me sentía tan bien conmigo, con el Universo y con mi vecino del lado izquierdo.
Es más, ayer tiré al mar del olvido una amorosa línea de pesca y sé que, más temprano que tarde, el recuerdo lejano de la Sebastiana va a picar.
Arrivederci, amici.
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