Quizá haya sido la primera vez que alguien se ocupó de la identidad latinoamericana.
Simón Bolívar reflexiona sobre las diferentes
razas (negros, indígenas, mestizos, criollos) que componen a esa nueva sociedad, rasgo particular con respecto a Europa, que sin embargo, como se verá muchos años más adelante, en el ensayo de Leopoldo Zea, en la antigüedad se alimentó también de la abundancia de culturas con las que compartía sus inmediaciones. Bolívar plantea los enormes riesgos de la tiranía, en medio de un clima aún oscurecido por las guerras de independencia, y tal vez se anticipa al futuro gobierno, en algunos casos muy sangriento, de la mayoría de los países latinoamericanos, cuyo mayor pecado ha consistido, según él, en digerir dificultosamente las delicias de la libertad. También previene sobre la contraparte muy al estilo de Platón, es decir, acerca de los riesgos de una libertad ilimitada. Sabe que es fundamental para el futuro unificar las razas que conforman eso que llamamos Latinoamérica, y que una vez convertido en un pueblo, por heterogéneo que sea, debe elaborar el tipo de leyes propias a su naturaleza y a sus costumbres, tomando como ejemplo algunos otros países en franca prosperidad, como los Estados Unidos o ciertos países europeos, pero sin imitar al pie de la letra sus leyes, creadas para idiosincrasias distintas.