Si no puedes olvidarte de tus profesores de
instituto y añoras el modo en que explicaban cada materia, porque la
palabra en sí te abría unas puertas interiores que, por cierto, están algo oxidadas últimamente; si echas de menos esa
lectura obligada que acababa, al final, por meterse en tus huesos como si fuera parte de ti; si sigues haciendo crucigramas cuando el tiempo te lo permite y te duele algo dentro cada vez que ves una falta ortográfica en un cartel pegado al cristal de una tienda o simplemente agradeces, cuando te la encuentras, una conversación donde se usen más de cien palabras diferentes; si eres profesor de cualquier lengua, padre o madre de adolescentes, o un simple amante de la lectura y asistes, con pena, estupefacción y asombro a un tiempo, al destrozo y/o
cambio radical del lenguaje de la calle por parte de los más jóvenes...
Adivinarás hasta dónde podrás sorprenderte en
años venideros, por qué te sorprendió cuando
tan solo eras un espectador allá en el instituto, qué hay detrás y qué delante de la palabra, lo que duraron en manos de sabios, de ricos, de esclavos.
Te llevará tan lejos de tu
lengua como cerca de tus entrañas, te puede hacer viajar en el tiempo mismo y te seguirá demostrando en cada página que el verdadero valor de una palabra, está en la historia, en el silencio que provoca entre que es pronunciada, recorre los años y las circunstancias y se posa de nuevo en otro oído, en otro papel, para disfrute de cuantos aman a los genios abstractos y poco valorados, como lo es el idioma. No hay nada en el mundo que más se use, se mezcle, se pose, se rompa y cuya única queja sea más bella: el cambio. Cambia para gustar, se queda porque la usas y se marcha cuando ve que sobra. No pide explicaciones, da miles de oportunidades, se deja abusar, no entiende de etnias. Se conforma con tenerte en la boca, en la mano, en el alma.
Más sinopsis sobre El genio del Idioma