Muchas culturas, la mayoría de las que han existido en la historia de la humanidad, han vivido sin escritura, lo que para muchos de nosotros parecería imposible. La escritura, afirma Walter Ong, reestructura la conciencia. La palabra ya no es sólo sonido sino también imagen, espacio. Los pueblos que viven sin escritura tienden a ser más conservadores. La palabra para ellos es sagrada y la mayor parte del conocimiento se concentra en ella. De allí que la cultura cree recursos específicos para conservar la tradición oral, el saber común. Varios ejemplos de estos recursos nos los da el autor a partir de la obra de Homero, el cual recoge la tradición oral de la antigua Grecia. Se llega incluso a replantear el concepto de literatura, el cual no sería plenamente aplicable a los mitos y leyendas, los cuales serían “expresiones artísticas exclusivamente orales”, debido a que la naturaleza de la oralidad es muy diferente a la de la escritura. Sin embargo, para el investigador, el cambio más trascendental no lo origina la escritura, sino la imprenta: “…fue la impresión, no la escritura, la que de hecho reificó la palabra”. La impresión fija la palabra, de manera categórica, en un mundo visual.
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