Solo a Cipolla, un ser despreciable tanto más en el carácter como en minusvalía física –llegado a Torre de Vinere, el balneario
ficticio de la tragedia en cuestión-, lo emboscaría de su pretencioso andar en las artes entremezcladas de la ilusión y la falsedad (
magia) el haber reducido el alma de quien la pena de amor embriagaba a diario; Mario, el
joven tímido que en el arrebato bestial teñía de rojo el final de un espectáculo grotesco y arrogante, propio del que pretende cobrarse mediante la burla que paraliza y sonroja la afrenta que la vida le quiso cobrar, ¡y, qué precio pagó!