Un viejo y humilde campesino se presenta, tímidamente, a las puertas del cuartel, preguntando
por su hijo, Manuel Zapata. El suboficial de guardia piensa que Zapata es alguien de la tropa, pero el anciano con mucho orgullo aclara que su hijo es un oficial de línea, que se hizo militar a instancias del patrón del viejecillo. El padre hace cinco años que no ha visto a su hijo y ha ido hasta la unidad militar con la esperanza de abrazarlo y saber por él de su nueva vida y conocer sus armas, sus arreos, sus caballos. Le lleva de reglado una gallina, que asoma la cabeza a través de la cubierta de lona de un pequeño canasto. Con la aclaración del visitante, los soldados individualizan al oficial como el teniente recién llegado de la escuela militar, que tanto los palabrea. Uno de guardia acude hasta el picadero donde Manuel Zapata, de vulgar aspecto, estaba en medio de un grupo de oficiales, frente a las tropas en descanso y le avisa que alguien pregunta por él en la guardia; imagina Manuel de quién se trata, pero comenta que no conoce a nadie en el pueblo. Algunos minutos después es un conscripto quien le reitera la espera del hombrecito, agregándole que él mismo ha dicho que es su padre. Zapata se evade hasta las pesebreras, donde es encontrado, esta vez, por el oficial de guardia quien lo conmina a que se presente en la guardia para atender al visitante.
El viejecito queda deslumbrado con los honores que le rinden los subalternos cuando, al fin, Manuel acude hasta la guardia. Pero éste no corresponde el efusivo gesto de su padre, quien le saluda muy familiarmente, y se limita a saludarlo con frialdad, llevándole hasta la calle donde le enrostra su atrevimiento de ir a buscarle al cuartel, aduciendo que no podía salir, pues estaba de servicio y regresando, bruscamente, al cuartel sin mayores explicaciones.
El campesino retorna a la guardia, temblando, desconcertado. Coge la gallina que llevaba como obsequio a su hijo y se la regala al sargento. Después, se retira arrastrando los pies por efectos del desengaño sufrido. Con ojos llorosos se vuelve para decir que a su niño le gusta mucho la pechuga de ave, pidiéndoles que le den un pedacito.
Se trata, pues, de un brevísimo cuento que, no obstante, en pocas líneas define la ansiedad de un humilde padre campesino por ver nuevamente a su hijo luego de muchos años de ausencia, quien se ha transformado nada menos que en un oficial de ejército. En pocas palabras el autor introduce al lector en el ambiente militar y en las circunstancias que rodean la trama, y la reacción molesta y avergonzada del ingrato hijo que se resiste a acudir al encuentro del padre y, cuando lo hace, es para reñirlo por la visita, dejándole allí, desconcertado y triste por la actitud desdeñosa de su hijo. Sin embargo, con amor de padre tiene aún valor para pedirle a sus compañeros de armas que le compartan, al menos, un pedacito del regalo que le llevaba.
El autor, Olegario Lazo Baeza (1878-1964), fue militar, alcanzando el grado de capitán. Luego de su retiro escribe dos series de narraciones —“Cuentos militares” y “Nuevos cuentos militares”— y una novela —“El postrer galope”— en los que expone su experiencia extraída de hechos reales o anecdóticos de la
vida militar. Las fuerzas armadas crearon para él una especial distinción como “soldado escritor”. En 1960 fue designado Miembro Honorario de la Academia Chilena de la Lengua. Murió en 1964.