“El
Chiflón del Diablo”, de la colección “Sub-sole”, de Baldomero Lillo, es una narración ambientada en las explotaciones carboníferas de
lota y Coronel –puertos chilenos de la provincia de Concepción– a fines del siglo XIX, que pone en evidencia una de las desigualdades sociales derivadas del trabajo humano. Por una parte está el afán desmedido del propietario de la empresa minera por aumentar sus ganancias mediante la disminución de los gastos operativos –incluidos aquellos necesarios para la seguridad de las personas– y, por otra, la manipulación de la necesidad de los trabajadores por conservar su fuente laboral como medio de subsistencia, para lograr de ellos obediencia y sumisión.
El marco descriptivo empleado pone de relieve la ansiedad de María de los Ángeles, la anciana madre de “Cabeza de Cobre”, que ha perdido ya a su esposo e hijos mayores en accidentes ocurridos en la mina, sobreviviendo sólo ella y su hijo, al que el autor caracteriza como un muchacho cuyo cabello rojizo ha dado lugar al apodo con que es reconocido por la comunidad. “Cabeza de Cobre”, bajo la insinuación de cesantía comunicada por el capataz de la mina, junto a otros dos obreros, acepta asumir el riesgoso trabajo que otros rehuyen en el pique conocido como “el chiflón del diablo”
(“chiflón”: derrumbe de piedra suelta en el interior de una mina. También define una corriente muy sutil de aire, o viento colado a través de un ducto o accidente material), pero oculta esa eventualidad a su madre, para no aumentar el dolor del recuerdo de los seres perdidos durante su trabajo en la extracción de la hulla, en socavones que se internan por kilómetros bajo el océano. El “chiflón” tiene mala fama entre los mineros por la precariedad de los apuntalamientos efectuados en los socavones, escasos y de mala calidad por razones de economía, y que ha provocado ya la muerte de muchísimos obreros. Sobreviene el drama de un nuevo derrumbe en el socavón, y como tantas veces ya lo hiciera anteriormente, María de los Ángeles, como las demás mujeres y niños del poblado, acuden temerosas al toque de la alarma. Nuevamente, María de los Ángeles ha de rendir a la avidez de la explotación minera el sacrificio de la vida de su último hijo; enterada de la fatal noticia, al borde de la boca de la
mina su imaginación la lleva a reconstruir las circunstancias en que ocurre el nuevo derrumbe y a escuchar la voz de su hijo que la llama desde el laberinto de túneles. Su instinto de madre angustiada y amorosa hace el resto; y se precipita en la profundidad del pozo. Del cual se escapan como vapores del aliento de un monstruo sediento de sangre.
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