Sigiloso, el negro Esquélitan, flaco, nervudo, harapiento, se desliza en las noches en su frágil embarcación por los canales que surcan las plantaciones tropicales para robar cacao.
Una cicatriz en su mejilla —de bala y no de “papalomoyo” (
leishmaniasis cutánea) como él argumentaba— es la marca de una providencial huida de la escena
del delito y el sello indeleble de sus habituales mañas de amigo de lo ajeno.
De día se mece en su hamaca
con el sombrero sobre la cara sujeto a su
nariz de bodoque, emitiendo un zumbido melódico entre sus dientes que solo es interrumpido por los intermitentes sorbos de su “cuarta” de ron.
Es una desgracia que, de un momento a otro, se haya ganado la lotería y se haya comprado una finca, pues
al instante proliferan los ladrones de su fruta.
A este altura del discurso, la voz narradora se lamenta de una situación que en realidad es favorable y de gran beneficio para el protagonista. Este cambio en la distancia del narrador con respecto a lo narrado permite hacer una elipsis en la historia que cubre una larga secuencia que va desde el momento en que obtiene un boleto de lotería (¿cómo?, sería la pregunta obligada), gana el sorteo y compra la finca. Además marca un vuelco en el personaje provocado por el golpe de suerte que induce a Esquelitan a reaccionar como dueño de todo cuanto se encuentre en sus dominios y por lo tanto, a defenderlo de cualquier amenaza.
Es así como una densa noche calurosa, se apresta a emboscar a los intrusos premunido de su flamante carabina. El sonido de una canaleta dirige sus ojos al playón por donde pronto avanza una figura borrosa. Apunta. No puede disparar.
Sudoroso, mareado, se ve enfrente de un negro flaco, nervudo, harapiento, de nariz
bodoque junto a la cicatriz en la mejilla que un relámpago ilumina de súbito.
Encontrarse con él mismo, tal como era en el pasado, lo altera sobremanera.
Echado en la hamaca, confuso, le cuenta a conocidos y desconocidos que estuvo a punto de dispararse a sí mismo, hasta que pierde la finca por culpa del ron y se va rio abajo en una travesía sin retorno.
Esquélitan (de
skeleton) es una narración corta, incisiva, directa, como las otras que conforman el libro
Más abajo de la piel (Editorial Costa Rica, 1972) Abel Pacheco, escritor, médico psiquiatra, expresidente de Costa Rica, es oriundo de la provincia de Limón y su obra está impregnada de la tradición afrocaribeña de su tierra natal.
En
Esquélitan, la figura de
el doble enfrenta al protagonista con él mismo; en última instancia con su esencia, la cual —pese al golpe de fortuna que ha experimentado— permanece incólume.
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