La novela corta de Tolstoi se desarrolla distintos pueblos del sudoeste
de Rusia… ¿o quizás, en uno más cercano y recóndito
como alma misma?
“¡Señores!- exclamó Pyotr
Ivanovich- ¡Iván Ilich ha muerto!” El drástico inicio de este párrafo alude
al desarrollo de un relato policial en el que la incógnita se dilucida al
final, los papeles detectivescos son claros y el cambio de locaciones es
necesario para el avance del género. Nada de eso acontece en esta pieza de
lectura obligada para el realismo ruso.
El personaje principal -acaso el único- Iván Ilich Golovin, tiene una
exitosa vida laboral como miembro del Tribunal de Justicia, que se enmarca
entre fiestas y reuniones con amigos “de buena
cepa”. Los juegos de cartas, como el tan mencionado vint, las deleitables
charlas entre colegas que disfrutan del mismo status social elevado que Iván y la búsqueda de un sueldo más
abultado para solventar “gastos imprescindibles” (como el perfeccionamiento de
cortinas y sillones para su nueva casa), son caudales direccionales en la existencia
de Ilich.
Casado, con dos hijos y realizado profesionalmente, a sus cuarenta y cinco
años, tiene la vida resuelta. Pero entonces, ¿a qué atribuir el título de esta
obra? – preguntará con motivos suficientes el
lector. Paradójicamente, la
muerte es lo que menos importa.
Un absurdo episodio marca el
inicio del proceso que llevará a la muerte al personaje de Tolstoi. Y es que es
“el personaje de Tolstoi” quien fallece por las causas explicitadas; Ilich, más
consanguíneo, debe su final a cuestiones menos literarias. Ocurre que la pieza artística
sirve como punto de partida, como espejo a los ojos del lector. Se podría
argüir que su sentido es posterior a las palabras; supuesto, evidente, o bien,
cualquiera que el lector crea conveniente. Ya que, en
cuestiones de vida
poco importan las letras
y nadie podría determinar
objetivamente (sin caer en la falacia, la pedantería, o en cuestiones
meritorias de debate) cuál es el verdadero sentido de nuestra contingencia. La
vanidad fue el de Ilich, y esta su sentencia de muerte.
“La historia de la vida de Iván
Ilich había sido sencillísima y ordinaria, al par que terrible en extremo”- advierte
el narrador con la franqueza que lo caracteriza.
De exhaustivas descripciones y cruda sinceridad narrativa, La Muerte de Iván Illich, se presenta
como una lectura que no suscita mayores inconvenientes. Se brinda en una
estructura simple y pautada en capítulos cortos que facilitan su digestión. La
coherencia entre estos evoluciona en forma gradual, incorporando elementos
nuevos a la par que deshaciéndose poco a poco de otros. Ningún pensamiento de
Ilich influye solamente durante un capítulo; le cuesta, como a los hombres,
desembarazarse del anterior. Esta recursividad de pensamientos, es quizás, uno de los elementos más admirables de la pluma de
Tolstoi.
Las imágenes, casi teatrales, que disponen las distintas secuencias
intentan llevar al lector un poco más cerca del punto de vista de Iván. Siendo
este uno de los recursos más utilizados.
En cuanto a los personajes. Tanto a aquellos que contemplan el final de
Illich como una oportunidad para aumentar beneficios personales, como quienes lo
acompañan hasta el final, sufren, por momentos, sutiles cambios que pueden
escapar a los ojos del lector. El caso de Praskovya Fiodorovna, su esposa, es
fundamental. Entendiéndola a ella se entenderá al protagonista. Ella e Ilich no
son tan distintos. En una interpretación a largo plazo, se podría conjeturar
que el destino de Fiodorovna sería muy similar al de Iván si no hubiese un
cambio que volteara su forma de ver la realidad completamente. Gerasim, su
criado, representaría el caso contrario; con destinos contrarios. Él es afable,
sincero y servicial. Y es quizás, a
través de ese contraste que se vislumbra la ideología y postura del escritor
ruso en la novela. Si se lee con buena luz, se llegará a comprender este “universo
de los terceros”, que ejercen – ya sea por su mentira, ya sea por su
honestidad; ya sea por delirios de Iván – una influencia tan imperceptible como
poderosa. El lector encontrará un elemento más de fruición si atiende
a semejantes detalles.
La muerte de Iván Ilich actúa
como un medio entre el lector y su mente. Iván, mártir de sí mismo o de su
vanidad, es afectado por sus decisiones hasta el punto de la locura o la total
eversión de su ser. La muerte; absurda y necesaria a la vez; compleja y obvia –
por qué no – devela más aspectos acerca de su vida que de su final. Y es que “muerte”
no es antónimo de “vida”, sino de “nacimiento”. Es el suceso que corona un período, así como el nacimiento lo inicia. A
los fines prácticos, poco importa su continuidad espiritual o su finitud
inminente. Para Iván, sin embargo, la muerte acarrea otros fines que el lector
gustará develar.
Al discurrir las páginas, es inevitable que se despierten determinados
cuestionamientos; determinadas sensaciones esenciales en los hombres. ¿Cuán
felices somos?, ¿tiene sentido nuestra existencia?, ¿cuál es en tal caso?; ¡la seda que hoy nos viste mañana nos
envolverá! - diría Tolstoi si pudiera resumir su obra.