En un país de América, Carlos decide salir de su país en busca de fortuna, en realidad no tanto como una fortuna, más bien
lo necesario para poder otorgar a sus tres hijos la posibilidad de un mañana mejor, sólo un futuro tal vez, pues desde el fallecimiento de su señora esposa tres años antes él debe atenderlos, lo que le imposibilita salir en busca del pan de cada día, y nota que inexorablemente sus hijos y también él son conducidos a un futuro de extremas carencias, esas que degradan al ser humano transportándolos a niveles de miseria y sufrimiento. Con gran pesar intenta asimilar la realidad de alejarse de sus hijos, especialmente de su pequeña de poco más de tres años, quien según él es quien más la necesita, pero la realidad ya es insostenible, no se puede seguir viviendo en las condiciones actuales con carencias elementales.
La
idea que eso sería sólo por un tiempo, le ayudaba a aceptar la idea de hacerlo. Entonces, conciente de su gran habilidad para pintar cuadros, decide viajar al exterior del país, con mucho pesar, pues en el país donde vive no se da mucha trascendencia a los trabajos que realiza debido tal vez al bajo nivel cultural propio de un país en desarrollo. Dependía sólo de que su hermana aceptara quedarse con sus hijos por dos años, tiempo que él consideraba razonable para lograr su objetivo de obtener una posición económica satisfactoria pintando y vendiendo sus cuadros, para retornar y reunirse con su familia e iniciar una vida mejor para sus hijos especialmente. Y fue así, trasponiendo la frontera con la idea de contactar con alguna persona que pudiese darle albergue para poner en marcha su proyecto, Carlos llegó al primer poblado luego de recorrer largas distancias, durmiendo bajo algún generoso árbol para mitigar su cansancio, hasta que luego de algunos días llegó a este lugar, un pueblo pequeño pero progresista.
Era cerca del medio día y la lluvia que había empezado a caer en forma torrencial ya desde una hora antes lo tenía empapado totalmente, pero eso no le preocupaba, lo principal era que no se mojara algo que llevaba cuidadosamente envuelto en telas y polietilenos para que justamente no fuera dañado por la lluvia. Entonces, decidió refugiarse bajo el techo del corredor de una
casa que daba a la calle, pues la lluvia acompañada de truenos y relámpagos era más intensa a cada momento. Se sentó en el piso, se recostó en pared y percibió el aroma que venía del interior de la casa, de la olla en la cual el almuerzo del medio día ya estaba llegando a su punto, y Blanca lo estaba probando antes de retirarlo del fogón a leña. En ese momento llegó Mario, el dueño de casa, un atento hombre que vió a Carlos totalmente empapado le preguntó si le agradaría pasar a cambiarse de ropa. Agradeciendo el gesto aceptó, se cambió de ropa y aceptó la invitación de Blanca de compartir la mesa con ellos. En medio del almuerzo Mario preguntó a Carlos que era lo que llevaba tan cuidadosamente envuelto, y si no deseaba sacarlo del envoltorio para secarlo si fuere necesario, a lo que este accedió inmediatamente. Blanca y Mario quedaron atónitos y maravillados al ver el contenido del envoltorio, era uno de los cuadros pintados por Carlos, no salían de su asombro pues un trabajo así de hermoso sólo lo habían visto en galerías de arte de gran renombre en otros países. Inmediatamente, Mario, enterado de las necesidades de Carlos, lo invitó a quedarse por algún tiempo en su casa en donde le acondicionaría una de las dependencias de la misma para que pudiese utilizarla como taller y seguir pintando verdaderas obras de arte. A su vez, Blanca se había prodigado en atenciones hacia Carlos, lo que le había despertado cierto interés hacia ella teniendo en cuenta que desde el fallecimiento de su señora esposa, nunca había recibido tal gesto de parte de una mujer. Al día siguiente, Mario se puso en contacto con un amigo radicado en la capital de su país, para comentarle acerca del niveldel arte de Carlos, a lo que aquel amigo lo invitó a participar de una exposición internacional que habría de realizarse en unos días. Llegó el día de la exposición, habrá sido uno de los días más felices de Carlos, pues su cuadro se constituyó en el centro de atracción, su trabajo fue admirado y comentado con los más altos conceptos por expertos artistas de diferentes latitudes, a tal punto de recibir invitaciones para participar de otros encuentros similares en distintos países del mundo. Blanca lo invitó a traer a sus hijos a vivir con ellos, pues la casa era muy grande, ella estaría encantada, pues era amante de los niños y que lastimosamente por motivos que superan lo terrenal no ha podido tener hijos, y su esposo que no supo aceptar tal circunstancia la abandonó años atrás.
Carlos abrazó a Blanca agradeciéndole este gesto y al día siguiente fue con Mario a traer a sus hijos, quienes aceptaron a Blanca como su madre, trayendo alegría a la casa y convirtiéndolo en un verdadero hogar. A partir de ese momento, la palabra felicidad se instaló para siempre en el lugar.