Los personajes de Cortazar parecen viejos conocidos de una pesadilla recurrente. La pareja de hermanos de “Casa tomada”, la Alina Reyes que se encuentra a sí misma en Budapest, la tímida Clara del colectivo. Seres de nombres casuales, tal vez olvidables, que viven en un
mundo cerrado en el cual el absurdo tiene estatuto de realidad cotidiana. Es fácil reconocer el estilo del
autor en los relatos: al leerlos parece oírse su voz describiendo la tierna sordidez de los protagonistas. La claridad de su lenguaje confirma el dominio del idioma. Sus trabajos se inscriben dentro de la modernida. Y, más específicamente, reflejan, desde la voz de sus personajes prototípicos, la situación del momento: la necesidad de sostener un modelo hipócrita que cae ante la más mínima fisura en la pretendida realidad. Cortazar abandona la Argentina en 1951, año de publicación del libro en el cual se halla incluido el relato. Su desacuerdo con el gobierno del general Perón lo lleva a Europa. Los seres que describe, en cambio, no encuentran alternativa para la resolución de situaciones absurdas. Su mundo se va cerrando, las relaciones que establecen son de una intensidad primaria y la tragedia ronda constantemente a esos hombres y mujeres que han hecho de la aberración su cotidianeidad. Un hombre culto e inteligente vomita
conejitos. Elllos son “como un poema en los primeros minutos”. Casi siempre blancos, muy pequeños. Cuando alguno crece, vomita otro. Así vive. Inmerso en la ternura que le despiertan “esos copos tibios y bullentes”, regalándolos cuando crecen, desprendiéndose cada tanto de los frutos de su inusitada fertilidad. Pero la rutina del
protagonista se ve súbitamente quebrada cuando ya no puede controlar la frecuencia de este fenómeno. Uno, dos, cinco, diez conejitos alteran el ritmo de su nomadismo, sobrepasan su capacidad de proporcionarles alimento, exceden la posibilidad de entregarlos a manos cuidadosas.El autor trata el tema con eficacia hasta que promedia el relato. Allí, la vida de los conejos invade el mundo del protagonista. La descripción se hace demasiado escrupulosa y esta segunda secuencia se extiende injustificadamente. El
desenlace, de
innegable contundencia, pierde su efecto, sobreviene. El racconto de los destrozos que llevan a cabo los conejos produce un quiebre en el crecimiento dramático del cuento, los sentimientos de este hombre desbordado por su capacidad de creación se desdibujan y el lector queda con la sensación de que el final debe ser releído. No hay constrancia del proceso de desestructuración del protagonista. Algo se ha perdido, algo del orden de la enajenación quiso ser transmitido, eso es innegable, y quedó en el camino. El autor concede más espacio que tiempo al tema que lo ocupa y, cuando quiere retornar al conflicto, la tensión está agotada. El desenlace
trágico ha fallado.
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