Mamá Leone, de Miljenko Jergovic (Sarajevo,1966), aunque catalogado
como un libro de relatos, puede entenderse también
como una novela
estructurada en momentos, en anécdotas, al menos en sus dos primeras
partes. Ambientado en diferentes lugares de la antigua Yugoslavia
—Sarajevo y un pueblo de la costa dálmata, sobre todo— en los años
inmediatamente anteriores a la guerra de Bosnia, su único narrador es
un niño, Miljenko, que habla de él, de su familia y de la gente que
aparece en su vida durante sus años de infancia. A su manera, sin poder
entender a veces las relaciones, los comportamientos y las palabras de
los adultos, pero intuyendo bastante de lo que sienten y de lo que
realmente les importa, ese niño despierto que se relaciona poco con
otros niños consigue hacer, con su interpretación de lo que ocurre a su
alrededor, un retrato totalmente original y creíble, sin crudeza de
menos ni ternura de más, de sí mismo y de las
personas que lo rodean:
su
abuela y su abuelo, que le cuidan a diario y arrastran penas lejanas
e imborrables; su madre, que trabaja, sufre ataques de limpieza y se
pone nerviosa por no acertar a ser la madre perfecta; su padre, que ya
no vive con ellos pero mantiene el contacto y aparece de vez en cuando
para que el niño sepa que no lo olvida; y, también, toda una galería de
personajes secundarios, que con su presencia o su ausencia van haciendo
conocer el mundo y sus rarezas al niño Miljenko: la mejor amiga de su
abuela que vive sola y no recibe visitas; su tío muerto en la Segunda
Guerra Mundial y del que jamás debe hablarse; el señor tuberculoso
avergonzado por su enfermedad; su abuela paterna a la que tan sólo le
llevaron a ver cuando era un bebé, el alemán que se baña en la playa en
pleno invierno… Personas y momentos que parecen dejar huella en el niño
y que, muy posiblemente, dejarán huella en el lector.
El tercio final de la obra rompe con lo anterior y está ocupado por
relatos, estos sí independientes, que hablan de un tiempo posterior —el
transcurso de la guerra de Los Balcanes y los primeros años tras la
contienda— y de personajes jóvenes —alguno de ellos pudiera muy bien
ser el niño Miljenko con unos años más—, de camino a la madurez, cuyo
denominador común es el haberse marchado de su tierra para salvarse de
la muerte o para no tomar parte en la guerra. En sus vidas el
desarraigo ha causado heridas profundas y quizá incurables, que los
regresos definitivos o las visitas desde los lejanos países en los que
se han establecido no consiguen curar.
Aunque esta última parte rompe un poco la línea conceptual de la obra y
nos aparta de ese niño del que tan cerca nos habíamos llegado a sentir,
el autor mantiene el mismo lenguaje, sencillo y directo, de frases
cortas, pero a su vez preciso y de gran lirismo, y nos deja con ganas
de seguir sabiendo de todas esas personas que, inventadas o no, tras
pasar por su pluma quedan convertidas en seres de carne y hueso, tan
reales como ese niño que para quien lea este libro nunca jamás podrá
ser inventado.
Una obra inteligente y sincera, que nos habla de los grandes conceptos:
amor, vida, muerte, sin caer jamás en la cursilería ni el lugar común,
y sin dejar de entretenernos en cada una de sus páginas.