Cuando los editores me avisaron desde la contraportada que se trataba de una novela de
manicomio... Lamento ser prejuicioso,
pero es que en el
manicomio todo es posible y las teorías conspirativas, paranoicas y "locas" (¿para qué usar eufemismos?) no se benefician con ese punto de partida, más que nada porque basta con hacer girar en el aire la cordura del personaje para que lo real se convierta en imaginario y lo imaginario en real.Pero vamos a superar ese obstáculo, me dije; vamos a dejar de lado por una vez esa maldad innata que me lleva a reseñar los libros con el escalpelo en la mano.Antes de leer esta novela corta ya sabemos que en ella trabaja un sádico asesino que ha puesto en jaque a toda la ciudad, que el comisario Cabezas lo persigue, que huyendo de un entorno familiar opresivo, el joven Pablo Reyes ingresa como médico en el Hospital Neurológico Augusto Blas. El destino de ambos personajes quedará entrelazado por lo que seremos introducidos en un trepidante "thriller" y sumergidos en un mundo desasosegante donde todo parece girar alrededor de la locura y nada es lo que parece.¿Cuál es el problema? La mayoría de las gacetillas y contraportadas mienten. Y esta ni siquiera miente.No hay problema. La novela no posee elementos que permitan encuadrarla en la ciencia ficción y tal vez tampoco en el terror. Es un policial con toques de fantasía ritualística (¿se permite el término?) con bastante influencia del cine y poca de la literatura.Y yo creo que aquí está la madre del borrego. Es como si se hubiera llevado a la narrativa un guión cinematográfico. La sobrecarga de adjetivos en las descripciones y la endeblez de los diálogos es el tipo de cosa que en una película no estaría mal. Al director no le resulta superfluo que el escritor le recuerde con un adjetivo tal o cual característica del personaje y con un poco de música, gestos violentos y carreras se disimula cualquier chatura.¿Ejemplos? En la primera página: "recias manos de matarife", "manaba fértil", "sucia moqueta", "
salpicando con frenesí", "impoluta bata", "embadurnando de rojo". Y esto es sólo el primer párrafo de la novela. Veamos. ¿Qué hubiera ocurrido con algo como esto? "Tales y tales fueron estrangulados por sus manos de matarife. Ahora la sangre manaba sobre la moqueta, salpicando su bata de enfermera y embadurnando las patas de los muebles".Me sentí abrumado por la proliferación de adjetivos, debo confesarlo. ¿Y si en vez de las —calculo— 35.000 palabras todo se hubiera resuelto en 30.000? ¿No habría ganado la trama con un poco menos de eso y un poco más de lo otro? Las descripciones de los personajes se repiten y las tintas con las que se pinta el escenario se cargan. ¿No se podía evitar?Una enfermera insospechable masacra salvajemente a su familia instigada por unas misteriosas voces le ordenan hacerlo. Un joven médico herido por una situación familiar conflictiva entra a trabajar en un sanatorio para enfermos mentales. Encuentra un ambiente extraño, perturbador. Eso se acentúa cuando entran en escena el comisario, otro policía, el propio dueño del manicomio y un médico asistente. Cuando los elementos del asunto empiezan a articularse, el joven descubre que algunos de ellos tienen que ver con su familia y con un proyecto secreto cuyas consecuencias quedaron fuera de control.Es decir, no está tan mal. Si el autor hubiera sido más económico con algunos aspectos de la narración, hubiera sido menos mezquino en otros y, esto es lo que pongo por encima de cualquier otra cuestión, hubiera tenido el buen criterio de dejarla reposar un tiempo para encarar una corrección a fondo antes de mandarla a la imprenta, otro gallo habría cantado.El libro de AJEC, una editorial que progresa día a día en la forma en que presenta el material y que ahora parece estar cuidando detalles que antes se le escapaban, se completa con un cuento que fue finalista del XII Premio Alberto Magno. El cuento está bien, pero en lo personal hubiera preferido que formara parte de un libro derelatos y no que balanceara, sin mayor fortuna, una novela, sólo porque 206 páginas lucen mejor que 160. Sergio Gaut vel Hartman