Hace ya un tiempo que la curiosidad me llevó a indagar en las letras de este escritor oriundo de Kioto (Japón). Los comentarios de respetados amigos tuvieron su peso y no tardé en hacerme con un ejemplar de
Tokio Blues (Norwegian Wood) para ver que es lo que se cocía en la olla de Murakami. Encontré entonces una prosa atrayente con una historia no demasiado singular, pero magníficamente llevada. Si tuviera que decir algo concreto de este autor sin duda diría que es especialista en hacer que el lector se sumerja en la nada más absoluta para después salir con la sensación de haberse llevado mucho. Es un especialista de la rutina, de lo anodino y, a un tiempo, es capaz de crear, de lo más insignificante, una gran historia. Pero como un primer libro no es suficiente para conocer al autor, decidí seguir arriesgando. Un buen amigo que encontré en un “cruce de caminos” me dijo que a Murakami o se le ama o se le odia y él, que es de los que disfrutan con su prosa tuvo a bien recomendarme unos cuantos títulos del autor. Y así llegué hasta la obra que nos ocupa. Con
El Fin del Mundo y un Despiadado País de las Maravillas, Haruki Murakami vuelve a hacerlo. Vuelve a sumergirnos en un mundo sin mucho más aliciente que la vida misma y, sin embargo, no deja de aliñarlo con la dosis justa de fantasía y magia. Y lo hace con dos maravillosas historias que tienen más en común de lo que a priori aparentan. En los detalles de cada uno de sus “mundos” se va estableciendo una conexión surrealista y en esa conexión, a su vez, nos encontramos con el despliegue de conciencia filosófica y reflexiva al que se ven sometidos los protagonistas. La prosa de Murakami (que nos llega, en esta novela, gracias a la traducción de Lourdes Porta) no deja indiferente, para bien o para mal, a nadie. Eso, en nuestros días, ya es algo meritorio. Sus profundas reflexiones nos tocan la fibra, tal vez porque están emitidas desde un nivel cercano. Murakami sabe muy bien como hacer llegar un mensaje mientras su personaje se bebe un whisky tras otro en la barra de un bar, o mientras camina por la calle, o en la lavandería. Nos introduce en un mundo corriente, con personas corrientes y, aún así, llenas de encanto.
Sobre el autor cabe mencionar que ha sido premiado con galardones como el Noma, el Tanizaki, el Yomiuri, el Frank O’Connor, el Franz Kafka o el Jerusalem Prize, así como el Arcebispo Juan de San Clemente, concedido por estudiantes gallegos. Ha sido distinguido con la Orden de las Artes y las Letras por el Gobierno español, y ha recibido recientemente el XXIII Premi Internacional de Catalunya 2011, que otorga la Generalitat de Catalunya.
Y de la obra poco más se puede decir, salvo que el lector tiene razones suficientes para sumergirse en la lectura de sus páginas. Quizá acaben odiando la prosa de Haruki Murakami, pero, tal vez… tal vez puede que la comprendan y la amen.