Cuando uno se encuentra en nuestros días un libro firmado como Anónimo que además lleva por título el del que nos ocupa, se despierta cuanto menos nuestra curiosidad. Sin embargo, la sinopsis del libro es un tanto ambigua y difusa y podría incluso engañar al lector sobre lo que en sus páginas va a encontrarse. Empezaré por decir que en ellas no he reconocido en ningún momento claves que me lleven a pensar que Tarantino se haya pasado a la literatura; si de algún director pudiera decir esto al leer
El Libro sin Nombre tal vez podría ser Robert Rodríguez. Tampoco me ha recordado, en absoluto, al Código da Vinci. Ni he visto nada que me recuerde a Stephen King, al que, algunos dicen por ahí, otorgan la autoría.
Volviendo al libro en sí, cabe destacar que, si bien al principio resulta un poco caótico y se puede volver incluso tedioso, conforme avanza la trama, el autor consigue aumentar la tensión dramática y la intriga, llegando a un punto de clímax que casi coincide con el final. Aún así, los personajes se muestran tímidamente, quizá con poca profundidad, algo que en este caso no es relevante puesto que la historia prácticamente vuela de lo ágil que es su lectura. El ambiente en sí, ya desde el principio, resulta un tanto surrealista y sus personajes no lo son menos, la mayoría de ellos envueltos siempre en el misterio de su origen e identidad. Eso es algo que queda claro desde el principio acerca de este extraño lugar que «no aparece ni en los mapas ni en los noticiarios», cito casi textualmente. No conviene encariñarse con ninguno de estos extravagantes personajes, pues el libro, si en algo se parece al estilo de Tarantino (imagino que por eso le habrán colgado este mochuelo), tiene una tendencia altamente criminal que no permite a nadie (o casi nadie) salir con vida de sus páginas.
Si hablamos de la trama y tratamos de acercar al lector a la misma, el aspecto de la librería (creo que se refiere a la única biblioteca que apenas sale en el libro) es más bien irrelevante; de hecho, incluso el libro queda relegado a un segundo o tercer plano. El verdadero protagonista de esta historia es el
Ojo de la Luna, una piedra preciosa de color azul que por lo visto posee ciertos atributos mágicos y que, en cierta medida, está maldita y perjudica a todo aquel que la tiene en su poder. La historia comienza hablando de un hecho pasado en el que, cinco años antes, un despiadado y misterioso asesino apodado
Kid Bourbon, aniquila a toda la clientela de un bar, el
Tapioca. Todos mueren, excepto Sánchez, el camarero. Poco a poco se nos irán desvelando aspectos de esta historia que irán hilando otras y que nos meterá de lleno en una ciudad como Santa Mondega, un lugar de todo menos normal. Lo sobrenatural puebla las calles de la ciudad sin apenas darnos cuenta hasta bien avanzada la novela, imagino que para mantener el efecto sorpresa. Lo que sucede es que no lo es tanto. Igualmente, cualquier desequilibrio que pueda tener esta primera parte de la trilogía es perdonable, porque la lectura invita a seguir ahondando en la trama y ver quién es quién en este cluedo. Vampiros, espantapájaros que cobran vida durante una hora a medianoche, hombres lobo… todo esto aparece de una forma muy sutil, tanto que el autor consigue que lo veamos como algo normal, cotidiano. Nos introduce en las vidas de decenas de criminales con soltura y nos acerca a un mundo despiadado en el que la desconfianza es la moneda de cambio.
En definitiva, y para no seguir destripando la novela, creo que para los amantes del cine de Tarantino o Robert Rodríguez, incluso de John Woo, esta novela les hará sonreír en más de una ocasión, pues tiene muchos referentes cinematográficos (otro detalle que apunta a que el autor pueda haber estado metido en este mundillo antes de darle a la tecla) y sus escenas son ágiles y muy visuales. Para los amantes de la literatura de género, puede que defraude. Pero, en general, a mí me ha gustado mucho y la recomiendo. Se lee, como dije, fácil y rápido y, además, se pasa un buen rato pues es de ese tipo de terror que a veces roza lo humorístico.