Cuando vi Nocturna (“The Strain” en su versión inglesa) en la librería me picó inmediatamente la curiosidad y me pregunté
si el aclamado director de cine sería tan ducho con las letras como con el celuloide. Si partimos de la base de que se trata de un director al que profeso cierto respeto y admiración, temía que leer este libro me defraudase, pues de hecho a algunos lectores no les ha gustado demasiado su incursión en el mundo literario. Aún así, con todo, decidí arriesgarme y probar fortuna y he de decir que disfruté la novela como un enano.
La historia gira en torno a una misteriosa muerte colectiva justo cuando un avión procedente de Berlín aterriza en el Aeropuerto Internacional JFK de Nueva York y se descubre que algo no marcha bien en el momento en que el procedimiento habitual se ve alterado por la inamovilidad del aparato y de cualquier signo de vida en su interior. Las hipótesis comienzan a barajarse antes incluso de saber que todos los ocupantes del avión están muertos. Todos menos cuatro. Enseguida, dadas las raras circunstancias de este suceso, se alerta al departamento de epidemiología liderado por Ephraim Goodweather (Eph), uno de los protagonistas indiscutibles de la novela, y se pone en marcha un plan de prevención y se promueve el estado de cuarentena en el aeropuerto. Todo resulta muy extraño, no hay signos de gas venenoso ni ninguna otra arma biológica que determine una muerte tan letal, silenciosa y rápida como la que ha sobrevenido a los pasajeros y la tripulación. La limpieza de los cuerpos, sin signos visibles de una amenaza tóxica (única posibilidad tenida en cuenta por lógica), trae de cabeza a cada uno de los órganos profesionales que deciden llevar a cabo la investigación. Sin embargo, lo que en principio parece una amenaza vírica, desconcertará a los forenses e investigadores al descubrir modificaciones en los organismos infectados y posteriormente su inaudita resurrección.
Ambos autores nos llevan a un estado de emergencia posible que parte de la amenaza de una infección vírica y que se irá tornando mucho más grave e increíble. Se nos ofrece una visión diferente de la figura del vampiro, una visión basada en ciertos aspectos científicos que, tal y como son relatados, lo hacen más creíble o, cuanto menos, cercano a la realidad. Con una literatura muy visual, del Toro y Hogan nos transportan a una posibilidad de extinción basada en la
ficción de un personaje tan mítico como manido por los literatos. Nada de alas de murciélago, ni de colmillos afilados, ni de romanticismo… las criaturas que aparecen en la novela quedan lejos, aún mantengan relación, de los arquetipos establecidos para el mito. Además, tras el caos que se presupone, se establece una trama más profunda en la cual se nos habla de clanes y redes organizadas secretas. También se ofrecen leyendas populares y pasajes de la historia muy interesantes y que no son nada desdeñables. Se podría decir que Guillermo del Toro y Chuck Hogan reinventan el género y le dan un aire fresco, algo difícil para una figura tan arraigada como es la del vampiro. A pesar de que ha tenido muchas miradas en contra, yo me afirmo a favor y recomiendo la obra para todo aquel que quiera advertir una nueva forma de ver el mito y disfrutar de la ciencia ficción y la fantasía que nos ofrece el director de películas tan conocidas como “El Laberinto del Fauno” o “Blade” ahora como escritor. He de avisar, además, que se trata de una
trilogía y que este es tan sólo el primer volumen, con lo cual, promete mucho lo que ha de venir a continuación. En cualquier caso, es una historia que no se queda descolgada en absoluto y se puede esperar con paciencia la segunda entrega.