Existe gente aficionada a la Historia. Otros a la ciencia ficción. Y también existe un grupo no tan reducido como se presume
de fanáticos de la historia contrafactual. Esto quiere decir la Historia del que hubiera pasado si los hechos se hubieran desarrollado de diferente manera.
Este es el caso de un
profesor de una mediana universidad del interior de un creciente país latinoamericano. Este señor era un ferviente admirador de las civilizaciones americanas y era tal su fanatismo que incluso las colocaba por encima de las tradicionales culturas de la Historia Antigua. Incluso se las había ingeniado para aprender las lenguas indígenas de las principales culturas precolombinas.
Su desprecio por la irrupción occidental del siglo XVI era tal que incluso había realizado un libro que exponía una especie de historia alterna para el continente de no haber sucedido el proceso de conquista y colonización europea.
Un día pudo viajar al lugar donde una vez fue cuna del Imperio Azteca. Tan grande era su estado de excitación que cayó desmayado ahí mismo cuando se había apartado del grupo de excursión.
Transcurridas unas horas despertó. Notó enseguida que la vegetación era más abundante, incluso el clima era diferente.
Se incorporó y trató de volver a la excursión. Volvió sobre sus pasos pero quedó paralizado al ver en donde se hallaba en realidad. Estaba en la mismísima ciudad de Tenochtitlan, a meses de la llegada de Hernán Cortés. Su rostró se iluminó. Toda la vida había deseado una oportunidad así. Estaba allí y sin ningún dilema moral se lanzó en busca de Moctezuma, el
emperador de los Aztecas.
Al cabo de unos meses se enseñó el idioma español y todo lo que sabía sobre el catolicismo para que al llegar las naves españolas los sorprendieran con su conocimiento. Un día llegó Cortés y su flota a las playas mexicanas. El emperador envió una comitiva que lo trasladó hasta él y en perfecto castellano, le indicaba todo sobre su Imperio y sobre la Corona española y la Iglesia Católica.
Tanto conocimiento enfureció al navegante español que decidió quemar las naves y lanzarse a la conquista del imperio americano. Esta vez con mayor ferocidad que antes.
Todo quedó destruído. El profesor pudo huir al correr rápidamente hacia la zona de donde había surgido. Pero la angustia y el terror que poseía su cuerpo lo hizo tropezar y cayó bruscamente por una camino empinado.
Horas después despertó y vió entre penumbras a unas figuras que lo observaban. Eran los encargados de la excursión. Sus facciones habían cambiado. Incluso las ruinas habían mermado en cantidad.
El profesor cayó súbitamente al suelo y rompió en llanto. Nadie lo podía entender. Se dió cuenta que su obsesión lo llevó a cambiar aún más las cosas. Pero no como él hubiera querido. Incluso la desilusión fue mayor al notar que su ropa había cambiado. Tenía una credencial que lo acreditaba como guía de esa excursión. En ese momento recordó el desenlace de su libro:
Se puede lanzar una piedra al agua. Producirá ecos pero no esperes que cambie el curso del río.