A Philip K. Dick nunca le preocupó la precisión. Ha mezclado sin
demasiado pudor asuntos que no se deberían mezclar
y trató con poco o
ningún rigor cuestiones que exigían conocimientos científicos y una
cierta agudeza prospectiva. Esto no ha sido un obstáculo para que se lo
considere uno de los autores más ricos y valiosos que la ciencia
ficción ha dado a lo largo de sus ochenta años de existencia.
Tiempo de Marte transcurre en la colonia que los terrestres han
instalado en Marte, una gran extensión desértica en la que el agua
puede ser más valiosa que la vida misma. En esta nueva frontera, que
permite más de una analogía con en el modo de vida de los que
colonizaron el Oeste hacia fines del siglo XIX, impera la corrupción y
la distancia con la Tierra acentúa las mezquindades que las rigurosas
condiciones de vida y el aislamiento proponen.
Tal como plantearía en otras novelas en las que el tema de la
colonización aparece pautando la trama (Los tres estigmas de Plamer
Eldricht, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Gestarescala)
Dick recarga las tintas en su observación desesperanzada del futuro y
perfila una sociedad debilitada por la lucha constante contra las
penurias del clima, la esterilidad y la falta de solidaridad entre las
personas.
Pero para el iconoclasta creador de Berkeley la creación de una
novela "realista" de ciencia ficción en un Marte moribundo no era la opción
central. Su interés se desvía hacia el estado
mental de los colonos y
la forma en la que se relacionan con el medio y entre sí. Esta es una
manera más, tal vez levemente distinta, de presentar su obsesión por
las enfermedades mentales, y en este caso en particular, explorar el
autismo y la esquizofrenia. Marte y los marcianos, una especie tan
agónica como el planeta mismo, pasan a segundo plano.
A los lectores habituales no les molesta. A los que arriban
ocasionalmente a una ficción de Dick los desconcierta, los aturde, los
fastidia y no son pocas las veces que se sienten tentados de abandonar
la novela (o efectivamente lo hacen). Pero al mismo tiempo, los que la
abandonen, se perderán una de las más fuertes incursiones en temas que
sólo pueden ser abordados como él los aborda, desde la ficción
dislocada y marginal. Podrá decirse que si no fuera porque Dick "dice"
que la acción transcurre en Marte ésta podría haberse desarrollado en
cualquier región árida de la Tierra. No obstante, en la Tierra ya no
hay confines en los que la fragilidad de la condición humana, la
inconsistencia de la realidad que empuja hacia la enfermedad mental y
la decadencia del interés por la vida jueguen un rol tan decisivo. La
civilización marciana en extinción recuerda un poco a los pobres
marcianos de Bradbury, y como aquellos, ocupan un lugar secundario en
la trama. Todo lo demás, Arnie Kott y su Sindicato de Fontaneros, Jack
Bohlen y el niño autista que puede ver su propio futuro y el fin de la
colonia son sólo los recursos conjeturales de los que se vale Dick para
la especulación psicológica que le interesa.
David Pringle situó a esta novela como una de las mejores 100 de todos los tiempos. Tal eso podría discutirse, pero sólo eso.
Sergio Gaut vel Hartman