Cuando se habla de "salto evolutivo" en la mayoría de los casos se
piensa en
mutantes. Pero Más que humano, la novela
(en realidad la
unión de tres novelas cortas a partir de una que primero fue publicada
independientemente) parte de la premisa de que la humanidad, tal como
la conocemos, tal vez no sea la culminación de nada sino un punto
intermedio, un eslabón que uniría al hombre primitivo con una nueva
especie. Sturgeon postula que los seres capaces de articularse para
formar al "homo-gestalt" están entre nosotros, sólo que no los
identificamos porque cuando son observados individualmente no se
distinguen de los demás seres humanos.
La novela está dividida en tres partes denominadas "El idiota
fabuloso", "El bebé tiene tres años" (el núcleo original del relato) y
"Moral". En cada una de ellas describe las sucesivas etapas en el
desarrollo del homo-gestalt. En este plano se advierte que la
preocupación del autor se orienta a explorar el modo en que el nuevo
ser podría "nacer a la vida" y cómo se podría relacionar con la
humanidad previa, el "homo-sapiens".
Al analizar el posible paso siguiente de la evolución humana, Sturgeon
no plantea una visión simplista e ingenua de la cosa. El desarrollo del
homo gestalt está plagada de dificultades, contradicciones y fallas.
La historia comienza con la presentación de los personajes, y como
siempre ocurre con Sturgeon, el lector advierte que salta de un
episodio a otro y no está nada claro cómo hará para conectar a un débil
mental que duerme a la intemperie, un huérfano violento que se fuga de
un hospicio, una niña rechazada por su familia, un bebé mongólico, dos
negritas que no hablan.
La novela se centra en el mutuo descubrimiento, articulación y vida en
común de esos individuos "especiales" que aprenden a utilizar sus
capacidades para desempeñar las diversas funciones que requiere el
conjunto. Es necesario poder visualizar la idea: una persona es el
cerebro, otra la voluntad, otra la capacidad motora. Las partes del ser
están conectadas telepáticamente y podrían encontrarse a gran distancia
unas de otras. Los brazos, por ejemplo, podrían extenderse de un modo
inverosímil, porque esa función las cumplen las negritas gemelas,
quienes son capaces de teleportarse sin perder el contacto con el
cerebro, a pesar de que poseen una inteligencia por debajo del promedio.
Pero en todo momento queda claro que lo importante es el conjunto. La
mente del bebé mongólico funciona como un ordenador y puede comunicarse
con Janie, la niña. Y el idiota puede mantener al grupo unido. Pero esa
unión de desvalidos aún no es el homo-gestalt. A medida que la trama
avanza descubren ellos (y descubrimos nosotros) que para utilizar su
poder latente necesitan un vector, una directriz, tal vez una moral.
Pero la moral es un conjunto de códigos sociales y el homo-gestalt no
tiene pares, no tiene con quienes formar una sociedad, está solo. Se
plantea un dilema que Sturgeon propone magistralmente. El homo-gestalt
se debe proporcionar una ética que regule su funcionamiento y habida
cuenta que es un paso adelante en la evolución, que está por encima del
homo-sapiens, está obligado a imponer esa ética superior a la sociedad
humana. ¿Es válido, es lícito?
No hay una respuesta contundente, pero al final hay una sorpresa. El
ser colectivo adopta una ética y cuando lo hace descubre que no está
solo, que hay otros homo-gestalt que han vivido disimulados entre los
miembros de la humanidad precedente. Los homo-gestalt también son una
especie.
Sergio Gaut vel Hartman