Hace nada más ni nada menos que 53 años dos jóvenes
escritores norteamericanos unieron sus fuerzas para nadar contra
la corriente y
producir la novela de ciencia ficción que contiene la más ajustada
visión profética de nuestro presente que pueda concebirse. Es una
ficción, por cierto, pero derivar una sociedad supeditada al consumo de
la Norteamérica Perfecta de posguerra, en la que la única alternativa
para ser considerado "ser humano" es ser un comprador compulsivo de
objetos inútiles y donde se ha montado una gran mentira en torno a la
colonización de Venus, un infierno presentado como paraíso que anticipa
los mundos de Philip K. Dick, es por lo menos audaz.
Frederick Pohl y Cyril Kornbluth eran ya, a pesar de su juventud, unos
veteranos
escritores cuando encararon esta novela. Habían estado en el
núcleo de creación de los Futurianos, una asociación juvenil de
escritores de ciencia ficción de la que también participaron Isaac
Asimov, Damon Knight, Donald Wollheim y dos docenas de escritores más.
En ese caldero se guisó una percepción descarnada de un mundo futuro
dominado por las grandes corporaciones y donde los sistemas políticos
tradicionales, ficciones de democracia, ya no existen. Una elite de
magnates y sus lacayos publicistas dominan la escena. Escasean los
productos básicos (agua, comida, energía), los recursos naturales no
renovables están agotados, todos los servicios publicos —hasta la
policía—están en manos privadas y las grandes mayorías viven hacinadas,
permanentemente endeudadas a consecuencia del feroz consumismo al que
se ven inducidas.
No obstante, la novela no podría progresar si no existiera alguna forma
de reacción, de oposición, por débil que esta fuera. Existe un grupo de
anticosumistas rebeldes, los consistas, que ponen en jaque a la
sociedad mediante actos de terrorismo y sabotaje. Y por circunstancias
de la trama, el protagonista de la novela, Mitchell Courtenay, un
publicista a cargo de la campaña destinada a que la gente se embarque
en el proyecto de colonización de Venus, se pone en contacto con una
célula consista. Así pasa de miembro de la elite gobernante a fugitivo,
acusado de asesinato, y perseguido por las fuerzas de una corporación
rival, por lo que Courtenay recorre un camino de fuga y crecimiento
interior similar al de Montag, el bombero incendiario de Fahrenheit
451, la novela de Ray Bradbury. Eso le vale descubrir la verdad sobre
todo lo que lo rodea, incluyendo a su propia mujer y buena parte de sus
amigos y conocidos.
Si bien la ciencia ficción no tiene obligación de ser profética, el
modo en que Pohl y Kornbluth enfocan el tema de la hipertrofia del
sistema económico que mata y fagocita al sistema político, es una
prefiguración de nuestro presente, como ya se ha dicho. Mucho antes de
que este subgénero fuera un caballito de batalla habitual entre los
escritores de ciencia ficción,
Mercaderes del espacio constituye una
distopía en toda la regla. Tal vez la aproximación haya sido más casual
que deliberada, pero la urgencia de los autores se hace evidente en el
modo en que articularon, en varias novelas futuras, su preocupación por
temas de depredación y abuso similares.
Treinta años después, ya muerto Kornbluth, Pohl produjo una continuación de esta novela, llamada La guerra de los mercaderes.
Sergio Gaut vel Hartman