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Síntesis y críticas breves

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Recuerdo todos mis pecados

por : sergiogvh     

Autor : Joe Haldeman
Joe Haldeman es uno de los jóvenes escritores norteamericanos de
ciencia-ficción-sin-dudas (o sea como la de antes,
pero moderna) más
interesantes de la década del setenta. Y ni siquiera esta novela floja
e irrelevante me hará modificar esa opinión.
Cuando terminé de leer La guerra interminable advertí que había
disfrutado como hacía tiempo no disfrutaba con un libro. Puente mental
me pareció una novela inteligente, con un excelente aprovechamiento de
la técnica de Dos Pasos (de hecho una aplicación más efectiva que la de
Brunner en Todos sobre Zanzíbar y El rebaño ciego). Los relatos de
Sueños infinitos son trece expresiones del primer Haldeman y salvando
las lógicas irregularidades de un conjunto heterogéneo, forman una
muestra válida de ideas y envases.
Así que era natural un abordaje esperanzado de esta novela sobre una
especie de super-agente sucio, un para-gubernamental. (Acepto los
riesgos de usar este término cuando hasta paralelas empieza a sonar un
poco obsceno.) Y la esperanza se potenciaba cuando desde las primeras
páginas se podía imaginar un planteo agudo sobre el poder y los super
poderes detrás del trono, las organizaciones autocráticas,
paternalistas -fascistas, siempre fascistas, para evitar los eufemismos
delicados- abocadas a la sublime tarea de pensar por usted, por mí y
por los ciudadanos de la Confederación. El TBII (o sea la CIA, la KGB,
el FO y la Organización Triple XXX, esa que infiltra y corrompe agentes
de todas las otras) sabe y puede más que los gobiernos y los
individuos...
El resultado es menor que la expectativa. Las aventuras del bueno de
Otto McGavin -el inconsciente debe haber traicionado a Haldeman porque
el parecido de Otto con Mike Hammer es notable- carecen de la
verosimilitud interna que se requiere a lo fantástico; como si la
confianza que da tener otros trabajos sobre las espaldas jugara en
contra de Haldeman.
Pero en la reflexión final -en realidad implícita en la trama- late una
especie de justificación: el Sistema concede la Excepción e inviste al
Operador con un Poder que llega a parecer incontrolable. Pero todo sea
por el Orden. La pregunta es: ¿el Operador es el Orden y merced al
Poder llega a inquietar al Sistema? ¡Jamás! Una Cadena interminable de
Controladores ignorantes de su propio Controlador mantiene vivo al
Sistema, Perpetúa el Orden y es capaz de eliminar al Servidor
Insobornable sin pestañear, por presunción nomás.
Sergio Gaut vel Hartman
Publicado el: enero 19, 2006

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