Al inglés Keith Roberts (1935-2000) no le cabe otro calificativo que el
de escritor elegante y pulcro. Su prosa es tersa y rica en
elementos descriptivos, por lo que acometer la lectura de una de sus obras tiene,
a priori, la garantía de que se hallará un
libro cuidado en todos sus
detalles. Si sumamos a esto la esmerada edición de Bibliópolis y la
eficaz traducción de Luis G. Prado habremos completado un auspicioso
rosario de garantías.
Keith Roberts apareció en la escena británica como
escritor de ciencia ficción a mediados de los años sesenta, en el
preciso
momento en que hacía eclosión la New Wave e irrumpían con todo
su brillo Ballard, Aldiss y Brunner, eclipsando de algún
modo a los ya
consagrados autores de la generación anterior: Clarke, Wyndham, Tubb,
Russell. Tal vez por ese motivo las obras de Roberts quedaron en un
modesto segundo plano y sólo Pavana, editada en su momento por
Minotauro, obtuvo atención de los lectores de nuestra lengua.
Los Gigantes de Caliza comparte con la citada Pavana
cierta similitud estructural, ya que está construida en base a una
serie de cuentos con algunos elementos en común, pero sin hilos
conductores visibles. Los personajes varían de una unidad a otra y en
cierto modo hay un salto brusco cuando se pasa del estallido de la
Tercera
Guerra Mundial y la descripción de un grupo de personas que
tratan de sobrevivir a la radioactividad, a la historia de Mono, Pru y
Sal, situada años después del desastre, cuando la atmósfera ya no está
contaminada, aunque la población ha quedado reducida a un puñado de
mutantes y humanoides que han involucionado y vagan entre las ruinas en
busca de elementos que les permitan sobrevivir.
Este fragmento es el episodio si no más flojo, por
lo menos peor justificado del libro. Aquí el lector es inducido a
visualizar las
consecuencias de la barbarie en la que han caído
Inglaterra y la civilización que conocemos. Pero casi de inmediato, en
el capítulo o cuento siguiente y de algún modo comienzo efectivo del
libro, asistimos al resurgir de la humanidad a partir de una especie de
Edad de Bronce, centrada en la magia, ritos de fertilidad, religiosidad
primitiva y mitos de raíz celta que parecen surgir de la nada para, con
espléndida espontaneidad, constituirse en el derrotero que conducirá a
la Humanidad hacia una segunda Edad Media y a la recuperación de los
valores que la guerra parece haber pulverizado.
Así, en "La Casa del Dios", "El Hermoso", "Rand,
rata y el danzarín" y "Usk el bufón" se repiten los pasos que el hombre
debió recorrer en el pasado, con sus frutos, errores y excesos, y hacia
el final asistimos a la recuperación de la Fe Verdadera.
Es evidente que Roberts eligió un camino diferente
al que optaron otros autores a la hora de analizar un colapso absoluto
de la civilización, apartándose por completo de lo convencional. Su
preferencia apunta a recrear los mitos y las tradiciones inglesas sin
reparar demasiado en los vicios de forma y las incoherencias que se
ligan a su procedimiento. Por lo pronto es bastante sospechoso que se
hayan perdido casi todos los vestigios de la tecnología alcanzada en el
momento de la guerra, pero esa falta de memoria no se verifica en el
modo en que se estructura, por ejemplo, el sistema jerárquico de una
sociedad que se precipitó al abismo. En ciento modo es lógico: Roberts
no está interesado en conjeturar desde una perspectiva ficcional "a lo
Burnner", sociológica —por utilizar un amarre tradicional— sino que
prefiere el modo fantástico, a lo Tolkien, y se detiene mucho más en la
construcción de un escenario intensamente visual, por momentos
depresivo, pesimista y angustiado. Le resulta más atractivo moverse
entre ritos campesinos, invasiones de hordas de jinetes, el manejo del
poder de la casta sacerdotal a través del sexo y el eterno tema de los
ciclos, con su carga de venganza, lujuria y violencia.
No puede discutirse que Roberts logró loque se
proponía. Si su objetivo era llevarnos a la rastra en un agitado viaje
hacia la crueldad de la superstición, la fragilidad del amor y sus
inevitables consecuencias, haciendo que la historia salte de las edades
oscuras a los albores de un nuevo conocimiento, debemos aceptar que lo
logró. Pero aún desde la amplia perspectiva del lector y comentarista
que está dispuesto a aceptar enfoques diferentes al propio, debe
decirse que este manjar no es para todos los paladares. Y para algunos
puede, incluso, llegar a ser tremendamente indigesto.
Sergio Gaut vel Hartman.
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