En una olla redonda, a modo de cuartel se dispone un ejército de garbanzos lechosos, bien obesos, valerosos pero tiernos.
Entre ellos se introducen unos bazokas de tocino blanco, bien pringoso, que suavice la garganta y se burle del colesterol alto sobre los rascacielos de Manhattan. Después se dispara una ráfaga de metralla de chorizo carnoso, y tan sangriento que ponga los labios colorados, como el beso de un gorrino serrano. A su vera como si fuera su escolta se lanza un cañonazo de
morcilla jugosa, vestida de viuda negra, apenada por la muerte futura de los garbanzos en la tripa guerrera. Entre ellos sin vergüenza se infiltra una patrulla de patatas aguerridas, camufladas de judías verdes sobre su barriga nadando en la superficie del caldo. En el centro, se planta un tanque de jamón ibérico poniendo orden entre los garbanzos, como emblema del marrano ibérico de Sierra Morena.
Ahora es necesario hundir la cuchara cuartelera temerariamente, luchar hasta blanquear la porcelana. Eliminar los reparos gastronómicos, tragar con disciplina y a la orden precisa, que el vómito temprano no nos sorprenda. Añadimos una ráfaga de sal, la justa por la tensión del
combate y a dormir la siesta. Saboreando la victoria, eruptamos y gaseamos a discrección, como buen soldado que no teme las torturas de la indigestión. ¡Viva el triunfo tripero y gloria al gorrino!
Disfruten de mi cocido español