La novela de Chico Buarque tiene como escenario la historia de Brasil de los últimos dos siglos. Aborda la decadencia no
solo de la familia Assumpção, en lo que respecta a la vida económica, cultural y social, como también la decadencia del pueblo brasileño. El libro nos cuenta como la familia, rica y poderosa, de los d''Assumpção fue, con el correr de los siglos, perdiendo fortuna e influencia, terminando con el derrocamiento de sus miembros. Los únicos sobrevivientes, de esa vertiginosa degradación, son apenas el decrépito Eulalio Montenegro d’Assunção, un hombre condenado y tullido en una cama de hospital y su hija María Eulalia. El cuenta, a quien quiera oírlo, la historia de su familia, dirigiéndose a varios interlocutores diferentes. No sabemos exactamente a quien se dirige: talvez a una enfermera por quien está apasionado, pues piensa que es su esposa (nos da la impresión de que ella, supuestamente, está anotando sus memorias en algún cuaderno), la hija, una señora de 80 años, que de vez en cuando viene a visitarlo o a los compañeros enfermos de la enfermería, con quienes comparte el cuarto de un hospital público.
Sus ideas son confusas, talvez debido a las limitaciones de la edad y a los medicamentos que debe tomar para los dolores de una grave fractura. Sus recuerdos no aparecen en orden cronológico y son contados más de una vez, aunque de formas diferentes.
Habla sobre varios episodios ocurridos con sus ancestros portugueses, mencionando a su padre, el Senador Assumpção, político notable de la República Vieja, y a su bisabuelo, Barón de los Arcos, propietario de plantaciones de cacao en Bahía y cafetales en São Paulo, hasta llegar a su tataranieto, que es un muchacho que vive en Rio de Janeiro del siglo XXI.
Nacido en 1907, por lo tanto con 102 años, Eulalio es un hombre que nunca hizo nada bueno, productivo, nunca tuvo un gesto grandioso para alguien. Todo lo que quedó de su vida fue la tristeza y la decadencia.
En la juventud se enamoró completamente de una joven mulata de nombre Matilde, de 17 años, desaforada, de ojos castaños, muy alegre, que oía sambas y bailaba como una autentica negra, para desesperación de la madre de Eulalio, señora metida a bestia, orgullosa, preconceptuosa y que hablaba en francés hasta con la servidumbre. Matilde, supuestamente, era hija bastarda de un influyente diputado. Eulalio, la conoció en la iglesia de la Candelaria (el la ve en el coro de la iglesia), cuando se realizaban las ceremonias fúnebres de su padre asesinado.
Se casó con ella, a pesar del rechazo de la matriarca y tuvo una hija. Dominado por los preconceptos, Eulalio vivió una vida triste por causa de los celos enfermizos, que le impidieron ser realmente un hombre feliz. Así, Matilde desteta a la hija y se va de la casa. Eulalio nunca supo porqué, pero siempre desconfió de que su mujer lo había traicionado y nunca consiguió superar este hecho.
Su hija ya adulta, se casa con un hijo de inmigrantes italianos, desjuiciado, que acaba dilapidando la fortuna de la familia.
El decrépito señor, con la edad y la morfina confundiéndole los recuerdos, habla de las varias casas donde vivió durante su vida: el yerno de Eulalio perdió la fortuna de la familia en inversiones mal hechas y el chalet de Copacabana, de los años 20, fue sustituido por un departamento en un edificio construido atrás de su terreno; después el departamento fue cambiado por otro, bastante menor, en Tijuca; el palacete de Botafogo, ostentación y gloria de sus antepasados, fue vendido y se transformó en estacionamiento de la embajada. La hacienda de su infancia, fue vendida para la construcción de camino y se transformó en favela, con un gran, ruidoso y tumultuoso templo evangélico en el lugar de la vieja iglesia y el panteón de la familia, en el cementerio São João Batista, terminó transformado en una construcción de mármol lila, donde reposa su abuelo.
En el libro aparecen otros personajes, tales como el ingeniero francés, Dubosc, un tanto atrevido; la madre del narrador, que reprimida y represora, “ejecuta” al piano una música sin emitir ningún sonido; la novia del tataranieto, una joven llena de piercings y el tataranieto, que salió casi negro, para desesperación y vergüenza de la familia y que además de todo es traficante.
A las puertas de la muerte, el viejo hace divagaciones respecto a los nietos, bisnietos, tataranietos como si hablara de personas extrañas, desordenadamente, eso también porque todo su linaje recibió repetidamente el nombre Eulalio.
Aquella familia tradicionalísima, ahora, tiene descendientes involucrados en el tráfico de drogas, algunos nacidos hasta en la cárcel. Sin embargo, Eulalio ya no se preocupa mas con eso, pues vivir sin la esposa hizo que la nostalgia lo corroyese y lo matase de a poco. El, en verdad, solo está esperando que la muerte llegue y lo lleve.
El dinero se acabó y Eulalio, viejo y sin suerte, termina sus días en un departamento de una ciudad dormitorio de Rio de Janeiro aspirando la cocaína ofrecida por el tataranieto, y deseando a la novia de este.