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Síntesis y críticas breves

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La leyenda del Lago Epecuén

por : richard228    

Autor : anónimo


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“Epecuén
se llamaba la hermosa india, hija del jefe de la tribu; Epecuén,
la de los ojos azules y carnes cetrinas, que parecían
de aurora, de luna y de miel. Sus pupilas estaban rodeadas
por tonos azules, tan azules, límpidas y luminosas
que muchas veces pensaron los jóvenes guerreros si
tendrían ese color de tanto mirar los cielos o si estos
eran azules de tanto mirar esos ojos.



Epecuén, flor hermosa de esas inmensas llanuras, verdeantes
en las primaveras, y de bronce pajizo en los días estivales.



Los caballos inquietos se arremolinan en torno de la hoguera
que en los campamentos dan la ilusión perfecta de estrellas
caídas por equivocación en una tierra que por
su inmensidad dilatada, es bajo la noche, imagen de otro cielo.



¿Qué fraguaron en su secreto deliberar los viejos
caciques de mirar selvático, de movimientos felinos
como jaguareté y de cabellos ondeantes y renegridos
como plumas de bigüáes?



Pronto se supo y la noticia cundió como un grito jubiloso
de victoria entre todos los mancebos de la tribu, que se morían
de amor por EPECUEN , la dulce india, de pupilas azulosas
de turquesa y labios rojos como flor de ceibo.



El guerrero que en las próximas peleas demostrará
más valor, y acopiará mayor botín, sería
elegido dueño de la sin par doncella y todos, al ser
notificados, murmuraron sordamente y avanzaron el puño
nervioso hacia las lanzas, dispuestos a probar en el acto
su gallardía.



Y ese día llegó y las tribus rivales huyeron
acobardadas ante el empuje de un solo hombre, agitado por
el fervor amoroso, con mil garras, avasallador como el torrente
y tajante como la flecha que hiende el vacío. Carhué,
el joven guerrero ungido en la lucha bravía, para unirse
a la divina Epecuén, la rosa agreste de la pampa, la
de los ojos espolvoreados de brillos azules y labios cordiales
y la de tez cobriza, como la tarde que se esconde en las madrigueras
terrosas.



Ella se sintió deslumbrada. La arrogancia del hombre,
su fuerza y valentía, escarbaron en su alma y depositaron
el germen sagrado del amor. El bizarro Carhué la sedujo,
y con el fuego de su corazón encendió el fuego
de la pasión femenina, con llamas extrañas.
Se amaron, se adoraron, se idolatraron.



Pero pocos días antes del casamiento, una circunstancia
inesperada, vino a truncar las ilusiones. La piqueta de la
desgracia empezó su labor demoledora, la espina de
la fatalidad desgarró sus ardorosos corazones. El hermoso
Carhué se moría presa de una extraña
enfermedad que redujo su organismo a una inmovilidad absoluta,
como un pedazo de carne sin voluntad, impotente.



Ella, la inefable Epecuén, percatada de su infortunio,
lanzoce cierta noche a campo traviesa hasta caer desfallecida,
acariciada por los rayos de luna que se conmovía en
las alturas. Lloró, lloró mucho, las lágrimas
corrieron por sus mejillas que nadie besara, como un hilillo
al caer, como un brillo de fuego fatuo en la noche de sus
pupilas.



Siguió llorando, las lágrimas fluyeron abundantes,
tan abundantes que poco a poco semejaron un delgado manantial,
que bajaba fugaz, cristalino, en su llanto inacabable. La
nocturnidad la acobijaba, con leve ademán de madre,
en el centello de las estrellas y las diáfanas tinieblas.



Y al fin de Epecuén, no quedó nada. Sólo
una pequeña laguna de lágrimas acerbas. El dolor
había convertido a Epecuén en esa cuenca de
ternura acuosa, que podía ser su alma lágrimas,
nada más que lágrimas.



Enterado Carhué de la desaparición de su amada,
pidió a gritos que se lo condujera por los verdes prados
para buscarla. Accedieron a ello. La placidez pampeana se
alteró al paso de esa angarilla donde yacía
el paralítico que iba en pos de su bienamada. Vana
Búsqueda. Después de largo peregrinar, se detuvieron
junto a una laguna de linfas claras. Carhué creyó
percibir una voz dulcísima que lo llamaba. Se emocionó,
ordenó que le ay

Publicado el: septiembre 16, 2009
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