“Epecuén se llamaba la hermosa india, hija del jefe de la tribu; Epecuén, la de los ojos azules y carnes cetrinas, que parecían de aurora, de luna y de miel. Sus pupilas estaban rodeadas por tonos azules, tan azules, límpidas y luminosas que muchas veces pensaron los jóvenes guerreros si tendrían ese color de tanto mirar los cielos o si estos eran azules de tanto mirar esos ojos. Epecuén, flor hermosa de esas inmensas llanuras, verdeantes en las primaveras, y de bronce pajizo en los días estivales. Los caballos inquietos se arremolinan en torno de la hoguera que en los campamentos dan la ilusión perfecta de estrellas caídas por equivocación en una tierra que por su inmensidad dilatada, es bajo la noche, imagen de otro cielo. ¿Qué fraguaron en su secreto deliberar los viejos caciques de mirar selvático, de movimientos felinos como jaguareté y de cabellos ondeantes y renegridos como plumas de bigüáes? Pronto se supo y la noticia cundió como un grito jubiloso de victoria entre todos los mancebos de la tribu, que se morían de amor por EPECUEN , la dulce india, de pupilas azulosas de turquesa y labios rojos como flor de ceibo. El guerrero que en las próximas peleas demostrará más valor, y acopiará mayor botín, sería elegido dueño de la sin par doncella y todos, al ser notificados, murmuraron sordamente y avanzaron el puño nervioso hacia las lanzas, dispuestos a probar en el acto su gallardía. Y ese día llegó y las tribus rivales huyeron acobardadas ante el empuje de un solo hombre, agitado por el fervor amoroso, con mil garras, avasallador como el torrente y tajante como la flecha que hiende el vacío. Carhué, el joven guerrero ungido en la lucha bravía, para unirse a la divina Epecuén, la rosa agreste de la pampa, la de los ojos espolvoreados de brillos azules y labios cordiales y la de tez cobriza, como la tarde que se esconde en las madrigueras terrosas. Ella se sintió deslumbrada. La arrogancia del hombre, su fuerza y valentía, escarbaron en su alma y depositaron el germen sagrado del amor. El bizarro Carhué la sedujo, y con el fuego de su corazón encendió el fuego de la pasión femenina, con llamas extrañas. Se amaron, se adoraron, se idolatraron. Pero pocos días antes del casamiento, una circunstancia inesperada, vino a truncar las ilusiones. La piqueta de la desgracia empezó su labor demoledora, la espina de la fatalidad desgarró sus ardorosos corazones. El hermoso Carhué se moría presa de una extraña enfermedad que redujo su organismo a una inmovilidad absoluta, como un pedazo de carne sin voluntad, impotente. Ella, la inefable Epecuén, percatada de su infortunio, lanzoce cierta noche a campo traviesa hasta caer desfallecida, acariciada por los rayos de luna que se conmovía en las alturas. Lloró, lloró mucho, las lágrimas corrieron por sus mejillas que nadie besara, como un hilillo al caer, como un brillo de fuego fatuo en la noche de sus pupilas. Siguió llorando, las lágrimas fluyeron abundantes, tan abundantes que poco a poco semejaron un delgado manantial, que bajaba fugaz, cristalino, en su llanto inacabable. La nocturnidad la acobijaba, con leve ademán de madre, en el centello de las estrellas y las diáfanas tinieblas. Y al fin de Epecuén, no quedó nada. Sólo una pequeña laguna de lágrimas acerbas. El dolor había convertido a Epecuén en esa cuenca de ternura acuosa, que podía ser su alma lágrimas, nada más que lágrimas. Enterado Carhué de la desaparición de su amada, pidió a gritos que se lo condujera por los verdes prados para buscarla. Accedieron a ello. La placidez pampeana se alteró al paso de esa angarilla donde yacía el paralítico que iba en pos de su bienamada. Vana Búsqueda. Después de largo peregrinar, se detuvieron junto a una laguna de linfas claras. Carhué creyó percibir una voz dulcísima que lo llamaba. Se emocionó, ordenó que le ay |