Escribir:
De haber imaginado lo que te extrañaría,
jamás te habría abandonado…
Una sarcástica voz dice:
No, no es cierto.
Tu deseo, y hacia allá te dirigía,
era hacer de la tristeza compañía.
Encontrar soledad donde germina,
la creación que al dolor sublima.
Ha de ser por eso que estás allá, tan lejos,
y yo aquí, con un hueco enorme en el alma,
pero nunca tan cerca de ti.
De ti que con tu recuerdo me tornas flama,
transfigura el alegre panorama,
para volver esta ciudad de alegría y cantos,
en una Barcelona de dolor y llantos.
Y un gesto hecho a diario
saca del bolsillo muerto
la carta que con tu adiós,
sin besos ni miradas,
me dejaste en el aeropuerto.
Pienso: de haber sabido
que sería mi única compañía,
te habría suplicado
más del agua que escurría,
en obscura lágrima
que mojaba tu mejilla,
y hoy, entre amor y lástima,
la beso en esta cuartilla.
Cierto que del olor asoma
la más profunda memoria,
ansioso aspiro un viejo aroma
para asilarme en tu historia.
Mis ojos, ahora que te escribo,
brillan cual si tuvieran vida,
y pienso:
Ojalá pudiera verme
aquél que en la calle me evita.
Soy tan diferente del que duerme,
que estoy seguro la espalda no volvería.
Y me digo, más bien te escribo:
De no haber sido por la torpeza
de navegar en un mar equivocado,
aún te tendría y juntos miraríamos
las estrellas y los amaneceres,
la lluvia y el otoño,
los cantos y los rezos.
Mas ahora aquí, en Barcelona,
cuando la sensación de abandono
hace interminables los minutos en la cama,
me arrastro por el barrio Gótico
y la vía Layetana.
Me escondo de cantos y risas,
la música que brota de los bares
me repele hacia las sombras,
pues lo mío son pesares.
Paseo por las Ramblas, mi querencia,
oculto entre árboles y fuente,
pues envidia me da la indiferencia,
caminando con la gente.
No quieren mirar la tristeza,
pues en verdad hermana.
Ni tienen ojos ni les interesa,
saber de donde mana.
Y en cualquier lugar y día,
sólo hay penas llegando desde abajo.
No hay para mí diversión ni trabajo,
ni nada que traiga alegría.
Cuando entro a la cervecería
trato de no hacer ruido,
y para pasar inadvertido
me siento tras la sillería.
El mesero, el conocido que tengo,
huyendo del dolor que emano
me tiende un bocadillo de serrano
y yo para una cerveza lo detengo.
Lo trago con largos sorbos de la caña,
con la cual, experta maña,
antes de que con trapo sean limpiadas,
frente a mí hago Audis y olimpiadas.
Mas tarde, antes del ocaso,
con una extraña sensación
me siento en el malecón
a mirar zarpar las golondrinas.
Y la envidia no es por bogar
ni por no poder ir a tu encuentro,
sino porque estoy solo y vacío,
sin alas para volar a tu recuerdo.
Y con odio que hace odiarme,
al saberme engendro solitario,
de mi mismo me asqueo
al mirarme lleno de burla.
Ese ser no soy yo.
Fue otro el que no suplicó,
antes de perderse en la nada,
que estuvieras a su lado
para trocar la noche en alborada.
Ahora, en esta silla vieja,
agotado de tanto amarte,
sigo pensando en llamarte
pero el miedo aconseja:
No seas idiota,
si vivir quieres no te la juegues;
es tan pequeña la brasa
que te mantiene vivo,
que el simple vuelo de la carta,
sin abrirse en las manos
de quien a otro ama,
con silencio soplará
sobre escuálida llama.
Es cierto:
En sueños me he visto,
recargado en la pared del poste restand,
estrujando tu carta donde he leído:
Después de tanto esperarte
te he arrancado del corazón;
mientras tú estabas alejado
por completo de mi amor,
él vivía para adorarme.
Y sé que no es ése
quien terminará por matarme.
Por cierto,
si estoy muerto, helado,
sin importar que cuando llegues
del corazón sangre riegues,
¿vendrías a mi lado?
O si me volví un loco agresivo,
al comprender que el pasado
no alcanza para estar vivo,
¿te quedarías hasta verme curado?
No, que nadie te pregunte.
Que el silencio quede callado,
pues qué más puede pedirte
quien te ha abandonado.
Sólo morir con palabras
de amor en sus labios,
así sean frases
que nunca has escuchado.
En la soledad de este cuarto de hostal,
antes que de tanto pensarte
me quede dormido
arropado en tus encajes
(no puedo sentir mayor coraje
que imaginarme al despertar,
en medio de la nada,
bruñendo la esperanza),
esta carta destruiré.
Prefiero vivir entre lo posible,
a esperar algo para ti imposible.
Jalo la cadena del inodoro
y al ver girar los pedazos,
por su garganta en vorágine tragados,
tentado estoy a meter la mano.
A pesar del dolor que significa
perder la última ilusión,
sé que hago lo mejor:
Cuando pienses en mí que sea,
como el que te abandonó
en lo sublime de la pasión,
y que nadie, nunca, te diga:
Ese maldito que odias,
ése que te dejó,
es el mismo que un mal día,
por tu amor murió.