EN BARCELONA
Estoy aquí, en Barcelona,
sin poder habituar al
corazón
a lo que esta nueva soledad
le dicta en un nombrar su nombre
que no alcanza ni para una sonrisa;
no basta ya el agotado recuerdo
para vaciar en él mi aflicción,
y sólo queda buscar la manera
de traerla de vuelta a la razón.
Pero cómo he de hacerlo si…
Negra sangre humedece
ilusiones concebidas para amarle;
mas es poca la que obedece,
a la razón y sus penas para olvidarle.
Contemplo mis manos,
cuencos de piel vacía,
palpitando con alas
por el deseo inferidas.
Deseo…, cruel deseo.
Desde que estoy aquí,
parecen siglos y son tres años,
para hacerte el amor
me hace musitar tu nombre,
y a mí, de tan triste,
sin importar que sólo
el silencio me responde,
me abrasa un calor que agota;
es deseo cocinando la derrota.
Pero esa noche fue diferente:
sentí en mi piel tu piel
y en mi boca tu boca
y el recuerdo reventó
para empapar mi ropa.
Todo como uno anhela termina,
cruel ser dictó sentencia,
y yo, sin saber lo que quería,
me castigué con tu ausencia.
Y enfermo del dolor que lacera,
fracturado en cientos de fragmentos,
te busco a mi lado y ya quisiera
transformar deseos en lamentos.
Busqué ansioso,
escondido tras tu silencio
para quebrarlo una mañana,
los pedazos de un ayer
que en una hoja guardaba.
Cierto que la nostalgia me apresaría,
un lejano día guardé en el pasaporte
esa hoja que por la noche usaría,
y el arrebato de mi país rasgó el norte.
La puse con mucha delicadeza,
cual última cerveza del estadio,
en el buró y su pureza
se volvió mi calvario.
Cuánto odié la blanca base,
era más que pena nueva,
por no cargar la frase,
que hacia mí la mueva.
Sin saber ni qué hacer,
ni cómo transformarla,
a lo que atiné fue,
para algo habría de servir
la negra espuma del lodazal
que mana de mis entrañas,
con maldiciones ensuciarla.
Y la noche pasó y llegó el mañana.
El silencio recuerdos callaba,
mas con el día oronda,
limpio su rostro asustaba,
nacieron gritos de pena honda.
La frustración enreda,
trenza palabras con miedo,
lo difícil que es reconocerse
viejo, silente y derrotado,
y sin frases suficientes
para romper el pasado.
Incapaz de tornar en paloma
la hoja del otoño de mi vida,
la odié por condenarme
a la tristeza malquerida.
Mis manos desde ese día,
hueras de la carne que tanto extraño,
se aferran a la hoja hecha sangría,
cual si fuera la costra de un araño.
Para que esta pena sea triste pasaje,
y mañana la traiga a mi lado,
la veo mudarse en anhelado mensaje;
es boleto de avión transformado.
Por eso, lo que en mi mente dio inicio
esa noche de insomnio y desaliento,
esta madrugada tomó cuerpo
al escribir, con tinta granate
—De tan roja semeja negra sangre,
me dijo el dependiente ansioso de la venta,
y es ideal para una epístola de amor—,
una frase a quien tiene,
pensé era todo,
parte de mi corazón.
(Un escondido pedazo,
más frío que un muerto,
en el sorprendido pecho
aletea por el reencuentro)
Escribí, fijándome hacerlo sobre la línea
que trasluce el delicado papel:
¡Cuánto te extraño!
Todo en mí te reclama
desde aquel día en que,
con absurda explicación,
te dije que para lograr reconocimiento
me iría,
y no me importaron ni la pena del adiós,
ni el saber que te perdía.
¿Será por eso que la vida es obscuridad
que me niega alegría y esperanza?
¿Será por eso que no siento necesidad
de triunfo ni alabanza?
¿Será soledad con la que muero
aprisionando con tal saña?,
¿o será que sin ti no quiero,
un día más de amor vuelto cizaña?
Ansia sin fin por tenerte…
Miro al gato que una noche,
el abandono sobre el miedo,
empapado y hambriento
maullaba hacia mi encuentro,
y le pregunto si a mi lado vendrás.
Lo veo tranquilo
y pienso no es el mismo
que agazapado en una esquina
con ojos azorados dijo:
Estoy padeciendo cruel castigo
y no puedo soportar más amargura.
Déjame pasar esta noche contigo,
pues la vida ha sido muy dura.
Lo cargué, sequé y le di mi cena y almohada,
y él me dio lo único que puede dar,
lo cual ningún humano iguala.
Bueno, mi mujer.
Pero está tan lejos y mi corazón tan cerca
de la tristeza y sufrimiento,
que tengo que refugiarme
en su peludo vientre
para sentir el calor de un ser viviente.
Desde el alféizar de la ventana,
lamiéndose con desgano,
me observa esperando su bocado
sin preocuparse en responder
lo que ya yo he contestado.
Tanto tiempo ha pasado desde ese día
en el cual a cada minuto me decía:
ahora es el momento de traerla a mi lado,
pero la incertidumbre me volvió frío, helado,
al pensar que conmigo jamás volverás.
Y una conocida sensación de hacerme daño,
para alejar la navaja con la que vendrás,
me hizo ovillo tirado en el baño.
Pero hoy,
que duerme la bestia negra
de la incertidumbre,
por fin puedo escribir esta carta y,
¡hablar después de tanto silencio!,
qué bien me sienta.
¿Pero habré, también, de mentirle?
Decirle:
“La estoy pasando muy bien
y día a día al triunfo me acerco”.