En una conferencia pronunciada en Buenos Aires, el 28 de agosto de 1947, Witold Gombrowicz
prende fuego a una de las más rancias e intocables estirpes de hombres:
los poetas. Y lo hace además con toda la razón de su parte. Es decir,
no teme el rol de agitadores del espíritu que les asignaba Platón,
tampoco cree que la poesía esté trágicamente condenada a la
incomprensión por carecer de "espíritus elevados" que la sepan
apreciar; sino que habla más bien, casi afirmaría que después de un
largo bostezo, de un "hermetismo aristocrático", colmado de perfección
hasta las heces. ¿Y ante tanta perfección entonces por qué el ataque? Este párrafo es sustancial para entender el punto medular de su texto:
"¿Por
qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales
no me gusta el azúcar "puro". El azúcar encanta cuando lo tomamos junto
con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado .
Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de
depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto
químico".
Gombrowicz interroga a la Poesía en persona
sujetándola de las solapas. Habla de los excesos que puede provocar la
ciega devoción hacia la forma, sin un solo lazo que la vincule con los
hombres, sin ese equilibrio que es esencial en todo buen estilo:
"Este
equilibrio a base de compensaciones y antinomias es el fundamento de
todo buen estilo, mas en los poemas no lo encontraremos, y tampoco se
puede notar en la prosa moderna influenciada por el espíritu de la
poesía. Libros como La muerte de Virgilio , de Hermann Broch o aun el celebrado Ulises
de Joyce resultan imposibles de leer por ser demasiado "artísticos".
Todo allí es perfecto, profundo, grandioso, elevado y, al mismo tiempo,
nada nos interesa porque sus autores no lo han escrito para nosotros
sino para el Dios del Arte".
Lo curioso es que Gombrowicz nombra, con todas sus letras, esa sensación de fastidio interminable que me invadió cuando leí el Ulises
de Joyce y algunos otros textos o poemas de a veces incuestionable
abolengo. Exceso de perfección. Sin esas gotas de sangre de las que
hablaba el viejo Zorba en la novela de Kazantzakis. Una experiencia que
no recomiendo a nadie. Porque a fin de cuentas hablamos de tiempo:
¿quién nos devolverá ese tiempo invertido estérilmente en ciertas Obras
Maestras del Arte?