Llegó a mis manos, procedente desde España, un libro rodeado de nubes y tormentas llamado Comiendo Pelos como Herejía Poética. Aquí, en Santiago de Chile el invierno recién ha comenzado y el clima frío y con pesadillas de escarcha no hace más que hacerle justicia a este conjuro de poemas escrito bajo la alucinación de anocheceres con gusto a descalabro. Cuando abrí el paquete en el que venía este libro me pude dar cuenta que el cartero ya no era más un cartero, era un heraldo maldito que había sido elegido para llevar a cabo una misión perturbadora, un kamikaze vestido de azul que me vino a poner en las manos una bomba demasiado mortal.
Cualquier persona que se enfrenta a un libro de poesía parte desde ya con la premisa que los poemas son –o podrían llegar a ser- suaves manzanas para ser digeridas livianamente bajo su manzano de la dulzura. Ocurre que en este caso las manzanas están divinamente podridas y el manzano se transforma en una cápsula endemoniada que te da una sombra que te abraza hasta ahogarte. Aun así, amas esa sombra y amas a esa fruta envenenada.
Comiendo Pelos como Herejía Poética puede llegar a transformarse en ese libro que siempre recordarás por el puro y santo hecho que el hombre está predestinado a recordar por siempre las cuchillas que hieren la sanidad mental, recordar las aguas pantanosas en que te revuelcas y desde donde luchas por salir jurando que nunca más saldrás de noche por el bosque.
Es un libro a dos manos, en donde los poetas pareciera se encerraron en sus peores pesadillas para dar a luz a este hijo maldito –sin ser bastardo- y del que estamos todos orgullosos. Un libro que tiene la voz ronca, trasnochada, herida y por todas estas cosas sólo hay que amarlo hasta perder el conocimiento.
No se saca nada con leerlo con detenimiento, pues el vértigo de sus versos te apura de una manera infame y terminas cada poema cansado, agotado, como que has pasado por una experiencia desoladora y de la cual desde ya te quieres sobreponer. Creo sería una tarea inútil el ponerme a citar versos y analizarlos, pues sería tan injusto como ir a una casa y ensalzar las virtudes de un hijo y no de los restantes, pero me voy a permitir citar un solo verso que para mí resume el total del libro: Tenemos nuestro propio sótano en la cabeza. Desde ese sótano los poetas se pusieron a cantar, desde ese sótano Cesc y Marian, los terribles y benditos autores, alzaron su voz (no debo decir voces) y arremetieron, no contra alguien, sino que arremetieron al viento y a la noche y me parece verlos volar dentro de ese sótano infecto de aromas bendecidos por la real magia de un sabor poético que sabe poner el acento en la más puta fragilidad del ser humano. He ahí la virtud del poeta: inmolarse sin mayores pirotecnias. Pues se agradece el no presenciar esas rutilantes pirotecnias tan habituales en los libros de poesía. Aquí, en este sótano, no las hay, han muerto víctima de la sinceridad u honestidad de la más graciosa de las penurias: La Santa Depresión.
No alcanzo a ser tan ilustrado como para advertir las influencias literarias de los autores. Lo único que sé es que ambos entran y salen de la oscuridad con la rapidez que lo hace uno mismo al despertar de una pesadilla. Si en la tapa del libro y en la contratapa no se explicitara que es un libro a dos manos jamás nos daríamos cuenta de aquello. Entonces escuchamos calmos (no leas, escucha…) los poemas y escuchamos una sola voz, o dos voces fusionadas en una única voz agria y seductora y subversiva. Y esa voz te dice, lo mismo que dice El Bosco en sus pinturas, que los brazos que no saben abrazar, repelen. Y los brazos del Comiendo Pelos Como Herejía Poética te abrazan de una manera tan ortodoxa como subliminal. Te atrapa, te ahoga, pero pareciera decirte que si quieres escapar sólo tienes que hacerlo, que sus padres lo escribieron sólo para mostrarte que en tu cabeza hay un oscuro Sótano al que deberías conocer y respetar. Por eso insisto en la inmolación de los poetas, en el nado suicida de Cesc y Marian por las aguas heladas de la realidad emocional. Y se advierte –he ahí la magia- que ninguno de ellos sufre de depresión o angustia invalidantes. Por el contrario, pareciera que los autores dejan aquel Sótano entre página y página y se van a la roca más alta de la playa de la conciencia para desde allí alzar los brazos al cielo agradeciendo a los dioses el placer de estar vivos.
Roberto Cantele Cabré
Santiago de Chile