Francesco Petrarca nació en el año de 1304 en Arezza (Italia) y murió en 1374. Poeta universal, escribió en latín
e italiano. Dedicó gran parte de su poesía a su amada Laura, de quien se ha llegado a dudar su existencia. Francesco la conoció en la iglesia Santa Clara de Aviñón y quedó para siempre prendado de la hermosa dama. El libro que aquí reseñamos, recoge varios de los
poemas dedicados a ella. En la primera parte leemos a un poeta profundamente enamorado, cantando las virtudes de su amada, en quien ve la encarnación de la pureza y la castidad. Pero la peste azotó a Europa y, en la lejanía, Petrarca recibe la noticia de que su amada ha muerto. La segunda parte del libro recoge poemas en que refleja su angustia por tan atroz acontecimiento. El dolor por la cruel partida de Laura lleva al poeta a un amor místico. Quiere verla de nuevo. La sabe en el cielo feliz. Para volverla a ver tiene él también que ser puro, despreciar lo terrenal; asunto nada fácil para un poeta como él. En la tercera parte se recogen distintos poemas sobre temas distintos de su amor por Laura. Leer a Petrarca es volver al más puro y tierno amor, a las miradas que lo dicen todo, a la pureza de querer sin egoísmos. Leer a Petrarca es encontrase con uno de los poetas más profundamente humanos. Ver la luz en versos tan sencillos como estos:
Bendito sea el año, el punto, el día,
la estación, el lugar, el mes, la hora
y el país, en el cual su encantadora
mirada encadenóse al alma mía.