Hace dos años, en una convivencia en las montañas debo permanecer en ayuno y silencio durante 60 horas. Sólo puedo tener conmigo una botella de agua y el Tao Te King de Lao Tse.
Al inicio de esa experiencia pienso: no puedo comer, no puedo hablar, ni siquiera puedo escribir, pero puedo pensar.
En los primeros minutos del ejercicio, incluso antes de acomodarme entre unos arbustos a la vera de un arroyo, leo la primera sentencia del Tao: El Tao que puede decirse no es el Tao eterno. La repito en mi cabeza una y otra vez. Durante el resto del tiempo duermo mucho, tomo agua, y pienso, siempre pienso. En vez de poner en duda mi vida, me pienso: el Tao Te King quizás haya sido escrito por Lao Tse. Un sabio chino, que, quizás haya existido. Pero lo que dice esa primera línea del libro puede que quiera decir otra cosa: en vez de eterno, absoluto, en vez de decirse, nombrarse. O no, o está bien así. O lo que leemos es el residual de traducciones que se empecinan en traducir lo que nunca nadie dijo. Ochenta y un versos que insisten en señalar lo inseñalable, que se obstinan en mencionar lo inmencionable.
¿Leo el libro o es el libro el que me está leyendo a mi?
Transitar esas 60 horas junto a semejante compañía hace el camino arduo, filosóficamente pedregoso. Si lo que se puede decir no es lo importante, ¿Qué cuenta?
Dice la leyenda, mi versión de la leyenda (que es la única que importa en la medida que soy yo el que pienso y escribo), que Lao Tse se retiraba a morir en la montaña sin que su sabiduría quedará registrada. Enterado de esto, un rey le impidió partir hasta que el sabio aceptó poner por escrito el corazón de sus enseñanzas. Con el estómago emitiendo sonoras quejas y las horas derritiéndose lentamente como en un cuadro de Dali, imaginé que Lao Tse hubiera querido entregar una hoja en blanco, aún a sabiendas que no sería comprendido. Visualice al rey amenazando con quitarle a Lao Tse su vida, aún conciente que aquel viejo no podía ser asustado porque los sabios saben que nadie puede evitar su destino, que eludirlo es la manera más directa de confirmarlo.
Entonces los dos juegan el juego: Lao Tse simula dejar su legado por escrito, y el rey juega a creer que eso que deja Lao Tse tiene el peso de una ley espiritual.
Más fácil hubiera sido para el rey obligar a Lao Tse a ser eterno, so pena de muerte. Lo absurdo del pedido los hubiera hecho reír a los dos y, quizás, el rey se hubiera despojado de su reinado para acompañar a Lao Tse a la montaña. O tal vez, al final de esas risas compartidas, el sabio, sintiéndose de carne, hueso, sangre y vísceras, hubiera dicho, ¿Y por que no?
Eso: ¿Y porque no decir lo que puede decirse?
Pero el rey no puede despojarse de su reinado porque un soberano es como una mente encaprichada que quiere tener, controlar, abarcar, apretar, seguir, avanzar, sin detenerse jamás. Y Lao Tse le hubiera dicho todo eso al rey, con lo que este lo hubiera mandado a matar, impidiendo así que Lao Tse dejara por escrito lo que no puede ser escrito.
Basta.
Mi cabeza deja de imaginar, permite que ellos dos hagan lo necesario para que yo pueda tener entre mis manos lo que tengo entre mis manos. Además, un sabio reconoce una comedia cuando la tiene frente a sus ojos: quienes han vivido como Lao Tse, respiran en un presente habitado por todos los pasados posibles, todos los futuros próximos. El sabio ya ha recibido la orden del rey infinitas veces en esa azulada piscina sin fondo que los que han tenido una sagrada apertura de conciencia llaman presente. Incontables veces se ha sentado a escribir su Tao Te King, dando explicaciones de lo que no puede ser explicado (y sin embargo...).
O así se me ocurre a mí que pueden ser las cosas. Que es lo que pasa cuando uno lleva más de dos días sin comer.
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